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Opinión - Miércoles 14 de
enero, 2009
Adolfo R.
Taylhardat
Venezuela
y el conflicto del Medio Oriente
Durante algunos
años tuve el privilegio de representar a Venezuela en la entonces Comisión
Política Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas en la cual se
ventilaba el problema de los refugiados de Palestina.
Tradicionalmente
Venezuela mantuvo frente al conflicto del Medio Oriente, y más particularmente
en relación con el problema israelo-palestino, una posición seria, responsable
y constructiva que se caracterizó por reconocer la necesidad de encontrar una
solución que tuviera debidamente en cuenta el respeto de los derechos de las
dos partes involucradas. Por un lado los derechos de la población palestina
desplazada de sus hogares a raíz de la creación del Estado de Israel. Por el
otro lado el derecho de Israel a existir como Estado independiente y soberano.
Esa posición equidistante se mantuvo invariable a pesar de las presiones que
cada año ejercían tanto el gobierno de Israel para lograr que nuestro país
cambiara de posición y asumiera una actitud más favorable a su causa, como
algunos gobiernos árabes y la propia OLP de Jasir Arafat para procurar el mismo
resultado.
Tratándose de
un tema tan complejo, en el cual entran en juego tantos y diversos factores de
toda índole, políticos, económicos, religiosos y, en nuestro caso, intereses
directos por nuestros vínculos con países musulmanes, particularmente con
nuestros socios en la OPEP, pero también con Israel, país con el cual nuestras
relaciones han sido siempre de amistad y cooperación constructiva, y, además,
un problema en el cual cada lado tiene razón pero también tiene culpa, aquella
posición de equidistancia fue sin lugar a dudas la más acertada. Así fue
reconocido internacionalmente, incluso por las partes involucradas, y
nacionalmente, en nuestro país, donde conviven pacífica y armoniosamente
numerosos compatriotas judíos y musulmanes
Desde junio
del 2007, cuando el sector extremista y fanático palestino aglutinado bajo el
Grupo Hamas, dio el golpe contra el sector moderado de Al Fatah y ocupó la faja
de Gaza, el conflicto israelo-palestino cambió totalmente de naturaleza. A
partir de ese momento dejó de ser la lucha justificada de un pueblo desplazado
por alcanzar su condición de Estado, línea que ha continuado manteniendo la
Autoridad Nacional Palestina bajo la presidencia de Mahmud Abbas, para
convertirse en una campaña del Grupo Hamas que sólo persigue la destrucción, la
eliminación total del Estado de Israel.
El conflicto
se ha transformado en una confrontación irracional entre, de un lado una
organización terrorista, fanática, que no tiene interés en la solución pacífica
del conflicto y no le importa exponer, o incluso sacrificar a su propia
gente para alcanzar el objetivo de borrar a Israel de la faz de la tierra, y
del otro lado un país que sólo busca preservar su integridad y su supervivencia
como Estado independiente y al mismo tiempo proteger a su población de las
acciones criminales de Hamas.
Hemos visto
cómo la resolución recién aprobada por el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas, que recoge la propuesta franco-egipcia para un cese el fuego, ha
sido acogida casi unánimemente por la comunidad internacional, incluida la
Autoridad Nacional Palestina porque, si se aplica plenamente, puede ofrecer la
vía para que Israel detenga la operación militar que actualmente desarrolla en
Gaza y, eventualmente, abrir el camino para facilitar la convivencia entre
palestinos e israelíes e impulsar el proceso de paz iniciado en 1993 con los
acuerdos de Oslo suscritos por Jasir Arafat e Isaac Rabin. Hamas, cuya
constitución rechaza cualquier solución que no sea la aniquilación de Israel,
rehúsa aceptar los términos de la resolución.
Resulta a todas luces lamentable que el teniente coronel presidente pretenda
involucrar innecesariamente a nuestro país en el conflicto israelo-palestino al
solidarizarse con Gaza y tomar abiertamente partido a favor de lak organización
terrorista Hamas.
Dando rienda
a su soberbia e irracionalidad, al tiempo que afirmaba que el primer ministro
de Israel debería ser juzgado en el Tribunal Penal Internacional, el teniente
coronel presidente dispuso la expulsión de Embajador de Israel y de varios
integrantes de la misión diplomática de ese país en Venezuela. Revelando una
vez más el cinismo y la hipocresía que predomina en el comportamiento
internacional del régimen, el comunicado de la Cancillería afirma que esa
medida constituye una reafirmación de la "vocación de paz" de este
gobierno "y la exigencia de respeto al derecho internacional" cuando
en realidad lo que evidencia es, una vez mas, irrespeto y desdeño a las normas
que rigen la conducción de las relaciones diplomáticas entre los países
civilizados consagradas en la Convención de Viena.
Para el momento
en que escribo este artículo el gobierno de Israel no había decidido cómo
reaccionar ante ese atropello. El portavoz del Ministerio de Relaciones
Exteriores israelí afirmó el miércoles pasado que su gobierno no había tomado
una decisión al respecto pero que era muy probable que reaccionaría de la misma
manera, es decir que aplicaría la reciprocidad, que es lo que normalmente
procede en estos casos.
"El
comportamiento brutal del presidente Chávez no honra ni a su país ni al pueblo
amigo de Venezuela, con quien mantenemos y queremos mantener siempre una
relación de amistad. Quien se alía con integristas y extremistas no honra ni a
su país ni a su pueblo" dijo en esa ocasión el portavoz de la Cancillería
de Tel Aviv.
Según una
información de prensa (El Nacional, 10-01-09, Pág. 12) el gobierno venezolano
le habría pedido al de Israel que no cierre su Embajada en Caracas y que
mantenga las relaciones al nivel de encargado de negocios. ¿Significa
esto que después de matar el tigre el teniente coronel presidente le tiene
miedo al cuero? ¿Se persigue con esto abortar la reciprocidad? ¿No revela esa
petición, una vez más, la improvisación y la incoherencia con la cual se
manejan las relaciones internacionales?