Un bochornoso espectáculo diplomático
Adolfo R. Taylhardat
Harold Nicolson, en su
obra “La Diplomacia” (Fondo de Cultura
Económica, México, 1950) enumera las siguientes cualidades que debe reunir el
diplomático ideal: verdad, exactitud, calma, paciencia, buen carácter,
modestia, lealtad, inteligencia, conocimientos, discernimiento, prudencia,
hospitalidad, encanto personal, destreza, valor y tacto. A éstos según el Barón
de Szilazi (Traité de Diplomatie Moderne, Payot, Paris, 1928), deben agregarse,
entre otros: buena conducta, dignidad y prestigio, buena presencia, sentido
común, buen juicio, prudencia, reserva, discreción, tacto, condescendencia,
finura, impasibilidad,
Siempre he dicho que
diplomático puede ser cualquier persona, pero que no toda persona puede ser
buen diplomático. Para ser buen diplomático se requiere, además de la necesaria
formación académica, una serie de cualidades personales, como las que señalan
los autores citados, las cuales no son producto de la improvisación. Además,
para desempeñarse como Embajador, adicionalmente a las características
indicadas, se requiere experiencia, que solamente se adquiere en el ejercicio
de la función diplomática a través de los diversos escalafones que conforman la
carrera del servicio exterior. Esta reflexión me la hice cada vez que presencié
la comparecencia ante la Comisión de Política Exterior del Senado de candidatos
a ser nombrados jefes de misiones diplomáticas venezolanas en el exterior,
entre otros la Doctora Virginia Contreras.
El proyecto de Ley del
Servicio Exterior del cual fui coautor junto con otros dos distinguidos
profesionales de la diplomacia estaba orientado fundamentalmente a asegurar el
mas alto grado de excelencia en la composición del servicio exterior
venezolano. Lamentablemente funcionarios de la propia Cancillería boicotearon
la aprobación de aquel proyecto justo cuando estaba a punto de ser sancionado
por el entonces Congreso de la República.
Si la nueva ley del Servicio
Exterior hubiera estado vigente, no se habría presentado el bochornoso
espectáculo que nos ofrecen la Cancillería y la Misión venezolana ante la
Organización de Estados Americanos.
No vale la pena hacer
referencia a los detalles de la vergonzosa situación suscitada en Washington.
Baste con señalar que ninguna de las principales protagonistas del escándalo es
funcionario de carrera del Servicio Exterior y que sus nombramientos tienen su
origen en motivaciones políticas o consideraciones de carácter personal. En un
caso se trata de la abogado defensora del Presidente, en otro de la hermanita
de un destacado líder de la tolda oficialista y en otro de la viuda de uno de
los militares que participaron en las conspiraciones de 1992
Lo cierto es que como
resultado de lo ocurrido en la misión ante la OEA nuestra venerada y respetada
Casa Amarilla se nos presenta como una auténtica casa de vecindad donde los
trapitos, o trapotes en este caso, han sido puestos al sol, pero no en el solar
de la casa sino en un patio de dimensión continental: nada mas y nada menos que
el organismo multilateral que abarca a todos los países de América, desde
Alaska hasta la Patagonia. Además, esos trapos se ven desde una ventana
privilegiada como es la ciudad de Washington.
Todo esto es consecuencia de
la manera despectiva como se han venido manejando las designaciones para los
cargo en el servicio exterior. En el pasado se criticaba el empleo de la
Cancillería como recurso para enviar al “exilio dorado” a personas indeseables
o incomodas para el régimen de turno. En los dos últimos años la Cancillería ha
venido siendo utilizada para complacer a los amigos o para pagar compromisos
políticos sin tener en cuenta la naturaleza delicada de la función diplomática.
El resultado ha sido que el Servicio Exterior venezolano, que se caracterizó por
la elevada calidad de sus integrantes, hoy día es objeto de burla
internacionalmente provocada por una situación que no tiene otra explicación
que la mediocridad, la incompetencia y la ordinariez que son características de
los tiempos presentes. Es de lamentar que el espectáculo de Washington lo hayan
protagonizado tres mujeres empañando de esa manera el lustre y prestigio que le
han dado a la diplomacia venezolana las numerosas damas que conforman el
servicio exterior, muchas de las cuales ostentan el rango de Embajador gracias
a sus meritos personales y profesionales y a la dignidad con la cual han
desempeñado sus funciones a lo largo de la carrera.
Lo ocurrido en Washington debería servir de lección para que los
responsables de la diplomacia venezolana dentro del régimen de turno fueran más
cuidadosos en la escogencia de nuestros representantes en el exterior. Sin
embargo, los recientes nombramientos de la esposa del Gobernador de Aragua y de
un ex - constituyentista en altos cargos de la Cancillería así como la
designación de un político del oficialismo como Embajador en Austria, sin que
ninguno de ellos cuenta con la más mínima experiencia diplomática, nos hace
presagiar más y peores momentos de infortunio para nuestra querida Cancillería.