UN
ACTO IGNOMINIOSO
Adolfo
R. Taylhardat
Según la Asamblea Nacional los méritos de Cipriano Castro para recibir el
honor de reposar en el Panteón Nacional consisten en haber dirigido “la
revolución restauradora, que cerró el ciclo histórico del caudillismo guerrero,
que rescató la unidad nacional, que rescató la estabilidad política, la
independencia y la seguridad del país”. Pero frente a la motivación de la
Asamblea Nacional y la opinión de quienes pretenden exaltar supuestas virtudes
de este personaje, la balanza de la
historia se inclina definitivamente hacia el lado negativo para hacerlo
desmerecedor de esa distinción reservada exclusivamente a los “venezolanos
ilustres que hayan prestado servicios eminentes a la República”.
Uno de los negros capítulos de Castro tiene que ver con mi tío Augusto
Taylhardat. Coronel de Artillería, quien habiéndose rebelado contra la
dictadura de “El Cabito” fue hecho preso producto de la traición de uno de sus
colaboradores. Después de permanecer varios años en las mazmorras de la Rotunda
fue trasladado al Castillo de San Carlos en Maracaibo. La campaña de la prensa
internacional en favor de su libertad fue ignorada por Castro quien además
protagonizó una sórdida escena pública, muestra patente de la calidad del
personaje. Habiéndose enterado que mi tío estaba moribundo, arrastrando el
cadáver de un compañero de prisión al cual permanecía engrillado, y a punto de
perder la razón, aprovechando la presencia de Castro en una parada militar, mi
abuela quiso abordarlo para pedirle la libertad de su hijo. Castro, al
reconocerla, la atropelló con el caballo que montaba. Tiempo después un
emisario de Castro propuso a mi abuela que firmara una carta pidiendo clemencia
a cambio de la libertad de su hijo. Madre adolorida, capaz de cualquier
sacrificio para salvar a su amado hijo, mi abuela, sin saber que para ese
momento mi tío había muerto, acepto firmar.
En su Historia Fundamental de Venezuela José Luis Salcedo describe así al
personaje: “Nueve años de autoritarismo desbocado, corrompido y corruptor,
corresponden a Cipriano Castro. Ni un solo acierto, ni una sola solución a
ninguno de los problemas nacionales se apuntan a este gobierno de vértigos. Se
malquista con todas las que pudieran ser fuerzas útiles y necesarias para el
cambio prometido. Humilla a la inteligencia, se ensaña contra el débil. Veja la
honorabilidad. Ofende a todos. Su locuacidad, su confusión mental, sus apetitos
nunca saciados, se resumen en una personalidad alterada que ha de dejar el
mando en razón de su salud maltrecha por los excesos... Castro dícese iluminado para grandes acciones en América y
no pasa de gestos atrabiliarios y bravuconadas que lesionan a Venezuela”.
La Constitución confiere al Presidente de la República competencia para
recomendar a la Asamblea el otorgamiento de esa elevada dignificación, pero el
reflejo de un espejo no justifica infligirnos tamaña afrenta. En mi propio
nombre, en el de mi familia y en el de todos los Venezolanos amantes de la
democracia, protesto enérgicamente el agravio que hemos
recibido con el traslado de los restos del dictador Castro al templo de
nuestros héroes y hombres ilustres.