EL UNIVERSAL
Opinión
– Miércoles 25 de noviembre de 2009
PROVOCACIÓN
Adolfo
R. Taylhardat
La voladura de los dos puentes
fronterizos no tiene en el Derechos Internacional otro calificativo que el de acto
deliberado de provocación.
Cuando entre dos países existe una
situación de tensión que pudiera desembocar en un conflicto, si en ambos países
gobiernan personas serias y responsables, conscientes de lo que significaría un
conflicto entre vecinos, los gobernantes de esos Estados se abstienen de llevar
a cabo cualquier tipo de acto que pudiera profundizar
las fricciones.
En el caso presente está claro que uno
de los dos gobernantes, el de nuestro país, lejos de buscar atenuar las
tensiones, lo que persigue es aumentarlas para provocar un incidente y crear condiciones
para generar un conflicto armado.
Hasta ahora las provocaciones se habían
mantenido en el marco de la retórica y
la diatriba. Los insultos sin precedentes que el teniente coronel presidente de
este país ha dirigido a su par colombiano obviamente perseguían provocar una
reacción que a su vez pudiera servir de
justificación para desatar el conflicto. Los improperios que el inquilino de Miraflores le ha enfilado
al Presidente Uribe no tienen precedente
en la historia diplomática. Ni en los momentos más críticos de la
confrontación Este–Oeste se escucharon agresiones verbales como las que emplea
el gerifalte. Ni siquiera Fidel Castro ha
llegado a emplear un lenguaje tan vejatorio y agresivo como el que utiliza el
mandante venezolano.
Pero la retórica cede ahora el paso a
las vías de hecho. Estamos en presencia de un primer acto de provocación
deliberadamente planificado para exacerbar la paciencia del gobierno colombiano
e inducirlo a reaccionar como normalmente lo haría un país enardecido por una
instigación de esa naturaleza.
Sin embargo el gobernante colombiano,
dando una vez más demostración de serenidad, cordura y paciencia, sigue sin
dejarse arrastrar por las provocaciones.
El carácter de acto de provocación de la
destrucción de los dos puentes lo ha confirmado el propio mandante venezolano
cuando se mofa del hecho diciendo que no se trató del puente de Brooklyn ni del
Golden Gate, sino de unas simples “pasarelas” que eran utilizadas para pasar
contrabando, transportar droga y permitir el tránsito de “paramilitares”.
El hecho mismo de que se trataba de
simples “pasarelas”, puentes colgantes de fabricación artesanal, pone en
evidencia la desproporción de la acción llevada a cabo por el ejército
venezolano cumpliendo instrucciones del jefe del Estado. Esto último es así porque
difícilmente un jefe militar habría tomado por su cuenta una iniciativa de esa
naturaleza. La acción tiene que haber sido ordenada o autorizada desde
Miraflores, lo que convierte al jefe del Estado en responsable directo del
hecho y de sus consecuencias.
Es posible que efectivamente ese puente sirviera
para lo que ahora se pretende esgrimir como excusa para destruirlo
(contrabando, tráfico de droga, paso de paramilitares ¿y los otros irregulares
colombianos qué?) Pero ¿había necesidad de dinamitarlo? ¿No fue el empleo de
dinamita una manera de hacer más espectacular la provocación cuando esa frágil
estructura pudo haber sido derribada a fuerza de mandarriazos? ¿O es que los
soldados venezolanos son tan débiles que no pueden levantar una mandarria? ¿Por qué durante los 20 o 30 años que tenían
de existencia no se impidió el paso de
contrabandistas, traficantes de drogas e irregulares colombianos?
Lo ocurrido no tiene
otra explicación que un irracional propósito de provocar un conflicto
con el hermano país.
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