Todo esto es verdad, pero el hecho de ser el país más poderoso no le da a los Estados Unidos derecho a comportarse como un "matón global". A este tema dedicó la revista Time su edición del 4 de agosto último, cuya portada presenta al águila americana con cuerpo de atleta y con la leyenda: "Superpotencia inflada. ¨Corre América peligro de convertirse en un matón global?"
En su discurso ante las Naciones Unidas el Presidente Clinton recordó que el fundamento básico de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es el respeto a la dignidad de los demás. Este principio, válido para las relaciones entre las personas debe ser también la consideración rectora en las relaciones entre los países y más particularmente en el ámbito multilateral. Con la salvedad relativa a la composición y el funcionamiento del Consejo de Seguridad, la Carta de las Naciones Unidas establece la igualdad entre todos sus miembros. Esto, entre otras cosas, significa que las decisiones deben adoptarse de manera libre y democrática y que el voto de cada país debe ser producto de su voluntad soberana, sin presiones ni amenazas.
Algunas decisiones recientes de las Naciones Unidas -la extensión indefinida del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares, la terminación del mandato de Boutros Ghali, la elección de Kofi Anan, entre otras- no fueron adoptadas con toda la libertad e independencia que la Carta de las Naciones Unidas garantiza. Otras decisiones que deberá próximamente tomar la Asamblea General -la ampliación del Consejo de Seguridad y la distribución de los nuevos puestos en ese órgano, las reformas de la Organización, la modificación de la escala de contribuciones para reducir la cuota de los Estados Unidos-seguramente tampoco lo serán.
La debilidad de los países frente a la única superpotencia los lleva a aceptar, con reticencia, esas imposiciones. Aun cuando no lo manifiestan abiertamente, la generalidad de los miembros de las Naciones Unidas están descontentos por la manera como se producen las decisiones. Esto puede originar un debilitamiento progresivo de la Organización que podría conducir a su disolución.
Con sus imperfecciones, las Naciones Unidas son el engendro más valioso de la humanidad y no podrían ser reinventadas. Hay que preservarlas y fortalecerlas. El presidente Clinton está consciente de eso. Conozco personalmente a la secretaria de Estado Madeleine Albright porque fuimos colegas en las Naciones Unidas y vecinos en el recinto del Consejo de Seguridad. Es una firme creyente en el valor y la importancia de las Naciones Unidas. Nadie desearía ver a la Organización mundial desintegrarse bajo el peso de un sólo país. Por eso, en la prosecución de sus propios intereses y objetivos de política internacional, la superpotencia mundial debe tener en cuenta que así como a las personas no les gusta ser vapuleadas por el matón del barrio, los países quieren ver su dignidad respetada por sus vecinos de la aldea global.
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