EL UNIVERSAL
Opinión – Miércoles 11 de febrero de 2009
Adolfo R. Taylhardat
La
"teoría" del buen gobierno
Para justificar su aspiración monárquica el teniente coronel presidente
ha recurrido a la "teoría del buen gobierno". Con esa tesis pretende
también sustraerse de aquella sabia advertencia de Simón Bolívar cuando dijo
que la permanencia prolongada del gobernante en el poder ineluctablemente
conduce a la tiranía. Según él, cuando El Libertador dijo eso se refería sólo a
los malos gobiernos. ¡Qué cinismo, como si el suyo fuera muy bueno!
Se intenta vender la enmienda constitucional que persigue la reelección
continuada, sucesiva, perpetua, aduciendo que esa fórmula ofrece la oportunidad
de recompensar, reeligiéndolo, a quien ha sido un buen gobernante. Seguramente
esta es la "ampliación de los derechos políticos del ciudadano" de
que habla la pregunta del referendo.
El Tribunal Supremo de Justicia, en la sentencia 3209/2009 del 3 de febrero
pasado, basada en la ponencia del magistrado Arcadio Delgado Rosales, también
recurre (¿pura coincidencia o simple connivencia?) a la teoría del buen
gobierno para afirmar que la reelección indefinida no vulnera el principio de
la alternancia consagrado en el artículo 6º. de la
Constitución.
En esa sentencia el TSJ reproduce párrafos de una sentencia anterior
(1488/2006) en la cual elaboró ampliamente sobre la "teoría" del buen
gobierno. Para ello se valió de la opinión del "gran pensador
norteamericano" del siglo XIX, Alexander Hamilton, quien en un artículo
publicado en el "El Federalista" sostuvo, entre otras cosas que la
reelección era necesaria "para que el pueblo pudiera prolongar una
administración positiva en su beneficio y para aprovechar las virtudes del
gobernante reelegido". Según la misma tesis "la exclusión de un
buen gobernante solo traería males a la sociedad y perjudicaría el conducir del
gobierno". El TSJ agrega que Hamilton consideraba que impedir la
reelección disminuiría los incentivos para el correcto proceder del gobernante
y facilitaría la tentación "de actuaciones no adecuadas".
Basándose en esta argumentación el TSJ sostuvo en aquella sentencia que la
reelección "amplía y da progresividad al derecho de elección que tienen
los ciudadanos y optimiza los mecanismos de control por parte de la sociedad
respecto de sus gobernantes haciéndolos examinadores y juzgadores directos de
la administración que pretenda reelegirse, y por lo mismo, constituye un
verdadero acto de soberanía y de ejercicio directo de la contraloría
social".
En su nueva sentencia el TSJ dice "Siguiendo la óptica abordada en tal
fallo, apuntalada en la teoría del buen gobierno, conviene añadir que la
eliminación de la causal de inelegibilidad para el ejercicio de cargos públicos
derivada de su ejercicio previo por parte de cualquier ciudadano, en modo
alguno trastoca el principio de alternabilidad en el
ejercicio del poder".
Antes de seguir adelante resulta pertinente citar también lo que dice a este
respecto el magistrado Pedro Rafael Rondón Haaz en su
opinión disidente: "Cuando dictó la sentencia No. 1.488 /2006, la Sala
pretendió apoyarse en expresiones de Hamilton en El Federalista a favor de la reelección … No se planteó en El Federalista, ni siquiera
tangencialmente, la posibilidad de reelecciones sucesivas continuas".
Recurrir al argumento del "buen gobierno" para justificar la
permanencia de un gobernante en el poder y al mismo tiempo sostener que la
reelección indefinida no atenta contra el principio de la alternancia resulta
no solamente hipócrita sino también grotesco, estrambótico, lamentablemente, y
hasta risible.
Si acogiéramos (supuesto negado), la tesis del buen gobierno simplemente porque
así lo decidió el TSJ y la aplicáramos a la realidad actual de nuestro país,
¿no sería ese precisamente un argumento suficientemente incuestionable y sólido
para rechazar de plano la enmienda que propone el teniente coronel presidente?
¿Puede considerarse bueno un gobierno que emplea el odio, la exclusión, la
mentira, la amenaza, la agresión, como instrumentos de su política para
apuntalarse en el poder? ¿Es bueno un gobernante que ordena a la fuerza pública
echarle "gas del bueno" a los jóvenes
estudiantes que manifiestan contra la enmienda y formularles imputaciones
falsas para detenerlos o aplicarles medidas cautelatorias
que limitan sus derechos individuales y que además ofende públicamente a la
mujer venezolana? ¿Merece calificar de bueno un presidente que emplea de manera
incontrolada e incontrolable los recursos del erario nacional para comprar
solidaridades y lealtades de la gente humilde y de gobiernos extranjeros
mientras el país padece toda clase de carencias y se derrumba por el abandono
de su infraestructura física? ¿Es bueno un gobierno donde la corrupción ha
llegado a niveles impúdicamente escandalosos? ¿Es bueno un gobierno que
pretende imponer un proyecto político totalmente reñido con la idiosincrasia de
su pueblo? ¿Es bueno un gobierno que en lugar de impulsar el desarrollo de la
nación y el bienestar de su población se empeña en asfixiar el aparato
económico del país para suplantarlo con un modelo fracasado, inspirado en
filosofías y doctrinas rechazadas en otras latitudes? ¿Es bueno un gobierno que
en diez años en el poder se ha caracterizado por ser el más incompetente,
ineficiente y corrupto que ha tenido Venezuela en toda su historia?
La teoría del buen gobierno podría funcionar bien si en Venezuela prevaleciera
el Estado de Derecho y se respetaran la democracia y los derechos de los
ciudadanos. En ningún caso bajo un gobierno que, como el actual, recurre
a todos los medios a su alcance, incluida la modificación de la Constitución
Nacional, para perpetuarse en el poder a como dé lugar.
Si se llegara a aprobar la enmienda, lejos de servirle al elector para premiar
al buen gobernante, en cada evento electoral futuro tendríamos al teniente
coronel presidente recurriendo al mismo ventajismo, el mismo abuso de poder,
los mismos atropellos que despliega actualmente para prolongar su permanencia
en el cargo y para premiar, no a los buenos administradores, sino a otros
funcionarios de elección popular que se hayan destacado por su mediocridad, su
adulancia, su vasallaje y su incondicionalidad. Contrariamente a lo que dicen
Hamilton y el TSJ, lejos de servir para controlar "las actuaciones no
adecuadas" de los gobernantes, la implantación de la reelección continuada
incentivará la corrupción porque el mandante seguiría favoreciéndola para
premiar, manteniendo en sus cargos a sus fantoches, aduladores serviles y
corruptos.
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