La
patria vendida
Adolfo
R. Taylhardat
La
Constitución asigna al Jefe del Estado la responsabilidad de la conducción de
las relaciones internacionales. Pero esa
función no puede ser ejercida de manera caprichosa, arbitraria o
inconsulta. La conducción de las relaciones internacionales de este gobierno ha
consistido en una secuencia actuaciones y posturas internacionales totalmente
improvisadas, donde lo que prevalecen son el capricho, el afán desmedido de
figuración y protagonismo y el más absoluto desprecio hacia los altos intereses
nacionales. Cuando hablo de actuaciones internacionales es porque hay mucho de
teatro y de circo en el comportamiento del país en la escena internacional.
Desde el exterior nuestro país se percibe errático y poco serio porque se mueve
en función de las ligerezas y extravagancias de Chávez. De esto cada día
recibimos nuevas sorpresas como lo demuestran los últimos acontecimientos.
Con los
Estados Unidos, que es nuestro principal socio comercial, Chávez asume una actitud de provocación y confrontación absolutamente
innecesaria y lanza acusaciones sumamente graves contra el Jefe de Estado de
ese país. Atribuirle al Presidente Bush la responsabilidad de la masacre de
Puente Llaguno es un acto de irresponsabilidad sin precedentes. Como conocen bien el personaje, los Estados
Unidos sabiamente se abstuvieron de caer en la provocación. Pero los gobiernos no olvidan las ofensas.
Seguramente la agresión verbal ha quedado registrada y en su oportunidad será
respondida.
Ahora, en su
afán de atraerse la buena voluntad de los países del Caribe, Chávez incurre en un grave acto de traición a la patria al
renunciar, inconsultamente, a la reclamación sobre la
Guayana Esequiba. En nuevo desplante de improvisación, este gobierno que se
autoproclama participativo y que constantemente invoca la soberanía nacional
para descalificar el papel controlador de la democracia y de los derechos
humanos que ejerce la comunidad internacional, en pocos minutos ha echado por
tierra los esfuerzos diplomáticos de tantos años para hacer valer y mantener
viva la exigencia de que se repare a
nuestro país el despojo territorial de que fue víctima.
Cabe preguntar si, llegado el momento de
aplicar la Carta Democrática Interamericana a un presidente más deslegitimado que
Aristide, nuestros vecinos del Caribe, que hacen
esfuerzos para solucionar la crisis interna de Haití, se dejarán influenciar
por esa traición.
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