FINAL DE TRAGICOMEDIA
Adolfo R. Taylhardat
Es bueno todo lo que termina bien. Esto terminó bien
sobre todo para los dos pueblos, el de Venezuela y el de Colombia A pesar
de que no se había producido la confrontación militar que se temía, si
estaban sufriendo los efectos de una
situación prebélica.
Lo que ocurrió en Santo Domingo el viernes pasado no
tiene precedentes en la historia diplomática. No solo la de América Latina sino
la del mundo. Que una situación de conflicto, sin lugar a dudas una de las más
graves que ha confrontado nuestra región, haya terminado en la manera como
terminó, ha dejado perplejo a todo el
mundo. Nadie se imaginó que esa crisis pudiera haber quedado resuelta en pocos
minutos de manera pública, ante las cámaras de televisión, como si nada hubiera
pasado antes.
Con toda seguridad ese show mediático le vino de
perillas a Chávez que le encantan esos espectáculos circenses. Pero lo más
probable es que fuera de la carpa, tras bastidores ocurrieron muchas cosas que
el público no vio.
Sin lugar a dudas los tres países directamente
involucrados sintieron la presión (moral, por supuesto) de los demás países de
la región para que depusieran sus actitudes y abrieran una vía para alcanza una
solución. Eso ocurre normalmente en todo los foros multilaterales. Mientras se
desarrollaba la reunión, terceros países realizaban gestiones de conciliación
para acercar a las partes y promover acuerdos. En este esfuerzo debe haber
jugado un papel importante el presidente de México, quien en su discurso conciliador
hizo un llamado a la cordura. Además se le vio
conversando directamente con los protagonistas del conflicto. En esa tarea lo
debe haber ayudado la Presidenta
Bachelet y el Canciller Celso Amorín. Mientras tanto la mayoría de los
gobernantes que intervinieron en el debate mantuvieron una posición muy
cautelosa, limitándose a resaltar la importancia de los principios y las normas
de derecho internacional y evitando hacer pronunciamientos que pudieran avivar
el conflicto o aguijonear a las partes involucradas y los jefes de gobierno de
los países del Caribe se cuidaron de inmiscuirse en un pleito de vecinos. En ese esfuerzo jugó también un papel
determinante el Presidente anfitrión, quien a toda costa debía evitar el
fracaso de la reunión Cumbre que se realizaba en su país.
Además es interesante destacar que los presidentes
ajenos al conflicto sabiamente tuvieron
especial cuidado de no mezclar los dos aspectos que estaban envueltos en la
crisis. Un aspecto era el relacionado con la incursión de fuerzas militares
colombianas en Ecuador. El otro lo relacionado con las evidencias obtenidas en
las computadoras recuperadas por el gobierno colombiano que implican seriamente
a Hugo Chávez con las FARC. Prácticamente ninguno de los presidentes, ni
siquiera el mismo Presidente Uribe tocó este último tema, lo cual parece
indicar que debe haber precedido un acuerdo tácito de todos los mandatarios a
este respecto. Esto, a su vez, permitió
que en su intervención Hugo Chávez asumiera una postura ostensiblemente moderada.
En cuanto a la manera como concluyó la Cumbre para
los presidentes de los países envueltos en la crisis fue lo mejor que podía
ocurrir. Todos tenían razones poderosas para aceptar, y hasta propiciar una solución
pronta y definitiva de la crisis.
Comenzando por Ecuador, el Presidente Correa había
obtenido lo que exigía. El Presidente Uribe le
ofreció, ante los jefes de Estado
del Grupo de Río, una disculpa pública y la seguridad de que no volvería a
emprender una acción militar como la que
había generado el conflicto entre esos dos países. Además le ofrecieron, como
efectivamente ocurrió, que estos elementos quedarían registrados en la
Declaración Final de la Cumbre. En beneficio de
la solución amigable Correa desistió de su tercera exigencia que era la
condena a Colombia por la violación de la soberanía territorial de Ecuador.
Por su parte Chávez se encontró de pronto en un
callejón sin salida después de haber involucrado a Venezuela en un conflicto
ajeno, tomado medidas y hecho anuncios sumamente graves como fueron el regreso
precipitado del personal de la Embajada venezolana en Bogotá, el cierre de
nuestra misión diplomática en ese país, la orden de movilización de
contingentes militares a la frontera y el anuncio de su intención de nacionalizar
empresas colombianas en Venezuela. Seguir adelante en su escalada conflictiva
requería franquear la pared de fondo del callejón habría significado llevar el
conflicto al plano de la confrontación militar y provocar una guerra que
Colombia no había motivado ni estaba dispuesta a provocar, que ni los
venezolanos ni los colombianos queríamos y que tampoco la fuerza armada deseaba
ni estaba preparada para sostener. Todos esos desplantes de Chávez merecen un
solo calificativo: fueron absolutamente irracionales. Pusieron una vez más en evidencia su talante de
militar guerrerista, su manera de actuar precipitadamente, su intemperancia y su
desenfreno. También exteriorizaron su insensibilidad y su impiedad que lo
llevaron a provocar innecesariamente trabas al comercio binacional en momentos
en que la población sufre las penurias de una grave crisis de
desabastecimiento. Afortunadamente la medida de movilización de tropas a la
frontera, hasta donde se sabe, no pasó de la retórica, a menos que la fuerza
armada venezolana cuente con una tecnología que ningún país del mundo posee: la
capacidad de volverse totalmente invisible, lo que le habrá permitido desplegar
en la frontera 10 batallones sin que nadie los viera. Pero aún sin haberse cumplido,
el sólo anuncio de la movilización originó una situación de alta peligrosidad y riesgo para Venezuela. No tanto
para Colombia que desde un comienzo aseguró que no movilizaría ni un solo
soldado a la frontera. El peligro de una medida de esa naturaleza quedó
demostrado, afortunadamente sin consecuencias, con el incidente que se produjo a raíz de la
penetración de efectivos de la DISIP a través de la frontera en Paraguachón. Como
pudimos ver por televisión, allí hubo intercambio de insultos y tiros al aire.
Pero si uno de esos disparos hubiera llegado al aire de los pulmones de un
colombiano o de un venezolano, con
toda seguridad se habría prendido la
mecha de la confrontación bélica.
Por lo que respecta al Presidente Uribe, como es
sabido, apenas conoció las evidencias sobre las conexiones de Hugo Chávez con
las FARC, anunció que se proponía interponer
ante la Corte Penal Internacional una denuncia contra Hugo Chávez por
“patrocinio y financiación de genocidas”. Sin embargo, al parecer la Comisión
Asesora de Relaciones Exteriores de Colombia en pleno, acogiendo un
planteamiento de la Ex – Canciller María Emma Mejías, aconsejó al Presidente
Uribe desistir de esa acción “por inconveniente y por ser un proceso largo y
difícil”. Inicialmente Uribe no indicó si acogería esa recomendación pero esa
advertencia debe haber pesado en su ánimo. En cierto modo el Presidente colombiano
se encontró también en una disyuntiva difícil y necesitaba una vía de
escape que le permitiera, sin perder prestigio, dar marcha atrás, desistir de
su propósito inicial de denunciar a Chávez ante la Corte Penal Internacional. A
Uribe le “vino de perillas” el llamado que dirigió el Presidente Leonel
Hernández a los Presidentes
envueltos en el conflicto para que
pusieran fin a sus diferencias y sellaran con un abrazo la reconciliación.
Finalmente, para Daniel Ortega que había roto las
relaciones de su país con Colombia en medio del fragor de la crisis simplemente
para dar una muestra de solidaridad con Chávez y con Correa, justificándolas
con un argumento totalmente extraño al conflicto que se encontraba planteado.
Por supuesto que todo el mundo debe sentirse
reconfortado contento de que se haya
podido sofocar una crisis tan delicada y peligrosa como la que se presentó la
semana pasada. Sin embargo los presidentes se han podido ahorrar el bochornoso
espectáculo que escenificaron ante las cámaras de televisión el pasado viernes
por la tarde. Ese mismo resultado ha podido haberse logrado de una manera
discreta sin ese desplante mediático que ha puesto en duda la seriedad de los
Jefes de Estado de nuestros países. El acuerdo logrado pudo haber sido sellado
con la solemnidad que debe prevalecer en los asuntos de estado y sobre todo en
un caso tan grave y delicado como el que se estaba ventilando. Con todo el respeto
que me merece el Presidente Uribe hacia quien profeso además una gran
admiración por la manera impecable que manejó esta crisis, debo decir que me
desilusionó su comportamiento. Ha debido mantener su compostura y no lanzarse a
dar carreras por la sala de conferencias para ir a abrazar a quienes hasta
pocas horas antes habían sido sus contrincantes. Mucho menos exponerse, como
ocurrió a que Correa, luego de aceptar estrechar su mano ostensiblemente le
volteó la espalda. También resultó penoso verlo salir apresuradamente al
encuentro para estrechar la mano de quien durante meses le ha estado propinando
toda clase de insultos e improperios.
Aquello pareció el desenlace de un amago de pleito
de colegiales que después de amenazarse e insultarse, cuando están deciden medir sus fuerzas pero luego optan
por hacer las paces y olvidar lo ocurrido entre ellos. Ese desenlace asemeja
también el capítulo final, bufo, de una
tragicomedia.
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