EL UNIVERSAL
Opinión
– Miércoles 3 de mayo de 2009
EL SILENCIO DE LOS CORDEROS
Adolfo
R. Taylhardat
Comienzo
por aclarar que este artículo, salvo el título, no tiene nada que ver con aquella
excelente película del mismo nombre protagonizada por Josie
Foster y Anthony Hopkins. Se me ocurrió tomar prestado el nombre de la película
luego de leer el importante artículo editorial publicado el domingo 24 de mayo
en el Washington Post con el título: “Is
silence consent?” (¿Es el silencio aquiescencia?).
El
editorial del Washington Post comienza con la siguiente frase lapidaria:
“Mientras los Estados Unidos y los vecinos de Venezuela se mantienen
silenciosos, Hugo Chávez continúa su campaña para destruir lo que queda de la
oposición domestica”. El editorial agrega
que mientras Chávez ejecuta la “tercera fase” de su revolución, la
administración de Obama persiste en su política de “envolvimiento tranquilo”
(quite engagement) que ofreció antes de asumir el poder. El editorial concluye diciendo:
“No objetamos el diálogo con el señor Chávez. ¿Pero acaso
no es el momento de comenzar a hablar de proteger a las estaciones de
televisión independientes, a los líderes políticos de la oposición, a los
sindicalistas y a los grupos de derechos humanos –antes de que sea demasiado
tarde?”
Esto,
que con toda razón el WP le enrostra al gobierno norteamericano, se puede aplicar a muchos
gobiernos no solamente de nuestra región sino también de otros continentes.
Es
realmente vergonzoso constatar que gobiernos que se dicen democráticos y
amigos de Venezuela se tapan los ojos o
voltean hacia otro lado para ignorar lo que está ocurriendo en nuestro país
bajo la dictadura del teniente coronel presidente. Estoy consciente y lo he dicho muchas veces, que nuestro
problema con este señor lo tenemos que
resolver nosotros mismos. No pretendemos recibir apoyo o auxilio externo en
nuestra tarea de impedir la implantación de un régimen comunista marxista
leninista en Venezuela. Además, estamos convencidos y comprometidos a lograrlo
dentro del marco y los límites que nos ofrece la Constitución Nacional. Pero
una toma de posición clara y categórica de los gobiernos democráticos hacia el régimen
del “socialismo del siglo XXI” ayudaría
mucho a la disidencia. Esos gobiernos deberían recordar el importante papel que
jugó la famosa “Doctrina Betancourt” en el rescate de la democracia cuando prácticamente
el continente se encontraba sometido a ominosas dictaduras.
No
se trata de revivir aquella Doctrina sino que ha llegado el momento de que los
gobiernos que se proclaman protectores de los derechos humanos y defensores de
la democracia antepongan sus compromisos permanentes con la libertad a los intereses
y beneficios pragmáticos coyunturales. Sabemos que eso no es nada fácil para
países como Brasil y Colombia que se benefician de una balanza comercial jugosamente
superavitaria, o como Argentina que ha recibido auxilio financiero en momentos
en que su economía se encontraba en dificultades, o como los países de Centro
América y el Caribe que ven atenuado el peso de su factura petrolera con el
tratamiento excepcionalmente favorable que reciben. No incluyo aquí al grupo de países “tírame
algo” del ALBA porque son casos perdidos
por ahora, mientras aguante la chequera bolivariana.
Pero
bastaría un gesto de dignidad de parte de los gobernantes de esos países como los de los eminentes intelectuales que
participaron en el Foro de CEDICE o de prestigiosos periódicos como el
Washington Post y otros, para demostrarle al mandante de Miraflores que la oposición venezolana no
es huérfana. Aún cuando trata de disimularlo, el teniente coronel presidente es
muy sensible a la imagen que tiene de él
la opinión pública internacional. Por
eso invierte millones de dólares en campañas de propaganda en el exterior y
paga lobistas y articulistas extranjeros para que divulguen la mentirosa versión
oficial de la realidad venezolana.
Lo
dicho no se limita a los gobiernos de nuestra región. La actitud de algunos
gobernantes europeos genera también justificada indignación en la sociedad
democrática venezolana. En otras
latitudes observan nuestra situación desde una óptica romántica como la
que prevaleció, y sigue prevaleciendo, con respecto de Cuba. Es muy fácil asumir
el papel de admirador de una revolución comunista cuando se vive en países
lejanos y no se sufre en carne propia el
impacto de los abusos de poder, de las persecuciones, de las injusticias, de
los atropellos o de los efectos de las políticas y medidas de toda índole que atentan
contra la tranquilidad, la integridad y hasta con la vida del venezolano y de
sus familias.
Casualmente,
este domingo pasado el Washington Post publicó otro editorial con el título:
“Freedom on the Defensive” (La libertad a la defensiva) en el cual se lee: “A
pesar de su compromiso con la democracia, la Organización de Estados Americanos
ignora a Venezuela y le hace la corte a Cuba” en lugar de ocuparse ”del rápido
deterioro de la situación venezolana donde el hombre fuerte ha ordenado investigaciones contra la mayoría de sus
opositores - encarcelado algunos y forzado otro al exilio – y amenaza con
cerrar la última estación televisora de oposición”.
Soy
firme partidario de la diplomacia preventiva - el empleo oportuno de los
recursos de la diplomacia para evitar que una situación susceptible de
convertirse en problema se deteriore y evolucione hacia niveles que seguramente
tornarán más difícil su solución – y parodiando
al Washington Post, cierro este artículo preguntando: ¿Acaso no es el momento
de romper ese silencio cómplice y comenzar a hablar de proteger la democracia
venezolana antes que sea demasiado tarde?
www.adolfotaylhardat.net