EL UNIVERSAL

Opinión – Miercoles 4 de noviembre de 2009

EL FINAL INACABADO DE UNA CRISIS

            Adolfo R. Taylhardat

Con la firma del “Acuerdo Tegucigalpa/San José” se pensó que se había llegado felizmente al final de la crisis que afectó a Honduras durante tres meses. Los últimos acontecimientos han enturbiado esa expectativa.

Son muchos los temas importantes que abarca el Acuerdo, que entró en vigor desde el momento de su firma el pasado viernes 30.  Pero me referiré sólo algunos que considero fundamentales. 

Zelaya y sus seguidores se comprometieron a abstenerse de “hacer llamamientos a la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, de modo directo o indirecto”,  y renunciaron a “promover o apoyar cualquier consulta popular con el fin de reformar la Constitución para permitir la reelección presidencial, modificar la forma de Gobierno o contravenir cualquiera de los artículos irreformables” de la Constitución.

Esta disposición, que debe ser leída  en combinación con el párrafo del Acuerdo en el cual se solicita “vehementemente a la comunidad internacional que respete la soberanía de la República de Honduras”, y “observe plenamente el principio de no injerencia en los asuntos internos de otros Estados” constituye una respuesta y una advertencia directa y fulminante a la pretensión de implantar en Honduras - como ocurrió en Bolivia, Ecuador y Nicaragua - la “franquicia” dictatorial  del comunismo del siglo XXI.

En cuanto a la cuestión crucial del retorno de Manuel Zelaya al poder, el Acuerdo establece que el Congreso Nacional, “en consulta con las instancias que considere pertinentes, como la Corte Suprema” resolverá “en respecto a retrotraer la titularidad del Poder Ejecutivo a su estado previo al 28 de junio hasta la conclusión del actual periodo gubernamental, el 27 de enero de 2010”. Es decir que el Congreso y la Corte Suprema deben decidir si Zelaya reasume su función de presidente de Honduras. De esa manera sutil y hábil se intentó desatar el “nudo gordiano” que había impedido llegar al Acuerdo. Zelaya insistía que esa cuestión era de naturaleza política y debía ser decidida por el Congreso. Micheletti sostenía que la cuestión era legal porque Zelaya está imputado de una serie de delitos y por lo tanto la  decisión compete a la Corte Suprema. La fórmula final es salomónica.

Además las partes se comprometieron a conformar “un Gobierno de Unidad y Reconciliación Nacional integrado por representantes de los diversos partidos políticos y organizaciones sociales, reconocidos por su capacidad, honorabilidad, idoneidad y voluntad para dialogar”. Según el cronograma, parte integrante del Acuerdo, estableció que ese gobierno debía haber quedado conformado antes del 5 de noviembre pasado. El Acuerdo no dice que ese gobierno será presidido por Manuel Zelaya como pretende el mandatario depuesto. Zelaya pretende también que su restitución en el poder debió preceder a la formación del gobierno de unidad nacional a pesar de que el cronograma de ejecución del Acuerdo no impuso al Congreso plazo para resolver esta cuestión.

Violando la palabra empeñada cuando aceptó los términos del Acuerdo, Zelaya pretende desconocerlo y lo declara “letra muerta” simplemente porque, por lo menos hasta el momento en que escribo este artículo, no se ha decidido qué hacer con él. Sabe que de no ser restituido en la presidencia tendrá que someterse a la justicia por los delitos que le han sido imputados. Por otra parte, si la decisión es restituirlo en la presidencia su papel en un gobierno de unidad y reconciliación nacional sería simplemente simbólico. Además el Acuerdo dice que los integrantes de ese gobierno deben ser figuras reconocidas por su capacidad, honorabilidad, idoneidad y voluntad para dialogar. ¿Cabe Zelaya dentro de esta descripción?

Para nosotros los venezolanos la crisis hondureña, cualquiera que sea el desenlace final, ha tenido un efecto beneficioso. Ha mostrado a los ojos de la comunidad internacional el injerencismo descarado el teniente coronel presidente venezolano, inspirador, instigador y asesor personal de Zelaya en su pretensión reeleccionista. Ese injerencismo estuvo presente durante toda la crisis bajo diferentes formas: suministro del material electoral que se emplearía  en la consulta popular que se proponía realizar Zelaya para implantar la reelección, amenazas de intervención armada en Honduras para restituir a Zelaya en el poder, incitaciones a la insubordinación de la fuerza armada hondureña, apoyo financiero y  logístico a Zelaya a quien le proporcionó aeronaves venezolanas para su movilización internacional y para su intento frustrado de regresar al país durante el cual pudimos ver al conductor de las Casa Amarilla volver a su oficio anterior sirviéndole de chofer al mandatario  hondureño depuesto.

El inquilino de Miraflores se revienta de rabia al ver que su esfuerzo por ponerle la mano a Honduras se vino abajo gracias a la madurez y la dignidad del pueblo hondureño y la firmeza del presidente Micheletti. Pero sigue moviendo los hilos con los cuales maneja a Zelaya por control remoto y lo estimula y asesora en un esfuerzo desesperado para sabotear  el Acuerdo.

La crisis  hondureña sirvió para exhibir ante el mundo al inquilino de Miraflores tal como es: un gobernante conspirador internacional, ambicioso e  inescrupuloso que en su empeño narcisista no mide las consecuencias de su abusiva avidez injerencista.

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