EL ESPIONADOR
Adolfo
R. Taylhardat
Puentenegro convocó de urgencia a los
directores de las 15 superagencias de seguridad
bajo su jurisdicción. Había recibido información confidencial de
que en la República Bolibanana desarrollaron un producto capaz de desplazar del
mercado nacional y mundial a las hambuguesas con el deliberado propósito de derrumbar
el imperio capitalista neoliberal.
Los expertos de la unidad de ciencia y
tecnología de la CIA corroboraron esa información. Sus satélites habían detectado
señales inequívocas de actividad sospechosa de elaboración de un peligroso
producto comestible. No estaban seguros si se trataba de un arma bacteriológica,
pero todos los indicios revelaban que podía ser un arma de destrucción en masa por uno de los componentes que
intervienen en su elaboración.
Puentenegro giró instrucciones al Embajador
Campomarrón, acreditado en Bolibanana, para que asignara al Agregado Naval,
Capitán Juan Cinturón, la arriesgada y delicada misión de espionar in loco (sin alusiones personales) para
confirmar las sospechas y obtener la fórmula de elaboración de esa cosa todavía
mas peligrosa que el arma nuclear que presuntamente se propone desarrollar el
país de los ayatolas.
Pero el gobierno de Bolibanana no se dejó
sorprender. Puso en marcha toda su maquinaria contra-espionadora la cual, sin
mayor dificultad, pudo ubicar al Capitán Cinturón participando en una reunión
conspirativa, sentado en un sillón color de perrocorriendo, en el momento preciso
en que le entregaban el material ultra-confidencial relacionado con el
peligroso producto comercial.
Posteriormente, los agentes bolibanananos infiltrados
en la Embajada del imperio neoliberal descubrieron al Capitán Cinturón en plena
flagrancia, con las manos en la masa que amasaba para hacer una “reina-pepiada”
a fin de constatar si efectivamente esa arma de Mc Hugo sería capaz de competir
con los emparedados de Mc Donald y desplomar uno de los pilares fundamentales
del imperio.
La indignación del gobernante de bolibananania al
ver descubierto el secreto bien guardado de la fórmula de los hermanos Álvarez
para la preparación de la suculenta reina-pepiada fue tal, que decidió echar
del país a Juan Cinturón, lo que a su vez trajo como consecuencia que el
imperio echara a la segunda de a bordo de la Embajada bolibanana. Esto seguramente
provocará otra “echada”, no se sabe si de otro funcionario o de otra cosa peor, y así sucesivamente.
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