EL DILEMA HAMLETIANO
Adolfo
R. Taylhardat
“¿Existir o no existir.
Esa es la cuestión. ¿Cual es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes
de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades y
darles fin con atrevida resistencia?” (William Shakespeare,
Hamlet, Acto III, Escena IV)
¿Votar o no votar? Esa es la cuestión que se
plantean hoy los venezolanos. Para decidir hay que plantearse en toda su
extensión las interrogantes del soliloquio de Hamlet.
¿Cual de los dos caminos tomar? ¿Dejarnos
aplastar por la frustración y quedarnos en casa el 7 de agosto? ¿O votar para
demostrar que a pesar de las condiciones adversas y las trampas continuamos dando
la pelea?
Evidentemente es un problema de conciencia.
Cada elector es libre de hacer lo que considera más conveniente para él, para
su familia, para la comunidad dentro de la cual se desempeña, y para el país. Respeto
la posición de quienes se inscriben en la primera alternativa hamletiana porque consideran que participar en las
elecciones es prestarse nuevamente al fraude que ya tiene montado este CNE
espurio.
Personalmente me inscribo en la segunda
alternativa. Parodiando a Hamlet hay que oponer, no
los brazos sino los votos, al “torrente de calamidades” que agobian al país y
de esa forma contribuir a “darle fin con atrevida resistencia” pacífica, ejerciendo
el sagrado derecho al sufragio que nos garantiza la Constitución.
Mis razones son, entre otras:
1) No votar es dejar el campo libre al
oficialismo para que termine de copar los espacios que todavía retiene la
disidencia. Chávez acaba de decir: “si la oposición no vota, allá ellos”. O sea
que le importa un bledo que los venezolanos votemos o no. Pero a mí si me
importa mi voto.
2) Las elecciones del 7 de agosto son para
elegir a nuestros representantes en los entes locales (Juntas Parroquiales y
Concejos Municipales) donde se ventilan los problemas que como ciudadano me
afectan mas directa e inmediatamente. Si no voto, no tendré mañana derecho a
pedirles que me rindan cuenta de lo que han hecho o dejado de hacer.
3) Se dice que la disidencia debe tomar la
calle, marchar, demostrar que sigue viva. Los comicios de agosto y diciembre
deben asumirse como una gran marcha en la que millones de venezolanos caminemos
hasta los centros electorales para decirle al autócrata que rechazamos su
revolución socialista-fidelista de corruptos y mediocres. Marcharé aunque vaya
solo.
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