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Opinión - Miércoles 07 de enero, 2009
Adolfo Taylhardat
En todos los países del mundo existe una edificación, un
monumento, un sitio, dedicado a honrar a sus héroes nacionales y a
personalidades destacadas de su historia, la literatura, las ciencias, la
política, etc. Esos sitios son venerados, respetados y protegidos con toda
solemnidad por los gobiernos y por el público que los visita porque son lugares
de recogimiento donde está presente la esencia misma de la nación.
El 27 de marzo de 1874 el presidente Antonio Leocadio
Guzmán decretó la transformación de la iglesia de la Santísima Trinidad de
Caracas en Panteón Nacional para conservar los restos de los Próceres de la
Independencia y de ciudadanos venezolanos eminentes que merecieran ese elevado
honor. Allí reposan los restos mortales de El Libertador Simón Bolívar y
permanecen abiertos los sarcófagos destinados a acoger las cenizas del
Precursor Francisco de Miranda y del héroe de Ayacucho, Antonio José de Sucre.
También reposan los restos de numerosos próceres y hombres ilustres de
Venezuela.
El Panteón Nacional es el más alto altar de la patria.
Siempre fue un lugar de recogimiento donde los venezolanos acudimos a
reverenciar a los protagonistas de nuestra historia patria, donde en las
ocasiones solemnes de fechas nacionales se rinde tributo a El Libertador y
donde dignatarios extranjeros que nos visitan presentan sus respetos a los
fundadores y constructores de nuestra nación.
Por lo menos así fue hasta que bajo el régimen del teniente coronel presidente
se inició un proceso de irreverencia y agravio hacia ese augusto lugar que
comenzó con el traslado de los restos del dictador Cipriano Castro y la
sepultura de unos presuntos despojos del cacique Guaicaipuro. En el primer
caso, colocar allí la osamenta de un sátrapa como Cipriano Castro, en el mismo
sitio donde se encuentran no sólo los restos de nuestro Libertador sino también
los de los protagonistas de nuestra democracia, es una grave injuria, un acto
denigrante y bochornoso hacia quienes reposan en ese santo lugar y hacia todos
nosotros, los venezolanos. En el segundo caso, sepultar en el Panteón un puñado
de tierra recogido en el lugar donde hipotéticamente se quitó la vida,
incinerándose, ese mítico personaje de la época de la conquista, es un acto que
desnaturaliza el destino al cual está dedicado ese sacrosanto templo de nuestra
historia independentista y republicana.
Pero el colmo de la afrenta contra nuestro Altar de la
Patria la acaba de cometer el teniente coronel presidente al celebrar en el
Panteón Nacional el cincuentenario de la revolución cubana y al tomar la
vejatoria, afrentosa e insolente determinación de colocar la bandera de Cuba
junto con la de los demás países bolivarianos en ese recinto sagrado. ¿A cuenta
de qué se ha tomado esa decisión? ¿Qué tiene que ver Cuba con nuestra historia
patria a no ser por aquel oprobioso episodio del fallido intento de introducir
en territorio venezolano un contingente de guerrilleros para apoyar la
subversión castro-comunista contra la naciente institucionalidad democrática de
nuestro país?
¿No es éste, como dice Agustín Blanco Muñoz (El
Universal 03-01-09, Pág. 1-4) un paso más hacia la consolidación de la Venecuba
(yo prefiero hablar de Cubazuela porque el orden de los factores es importante
ya que en definitiva se trata de la imposición del modelo cubano-comunista en
nuestro país y no viceversa).
En su mensaje de Año Nuevo, el pasado 31 de diciembre,
el teniente coronel mostró una fotografía del momento histórico en que los
líderes de los principales partidos políticos venezolanos firmaron el
"Pacto de Punto Fijo" que garantizó la estabilidad democrática de
Venezuela hasta que este aspirante a monarca absoluto interrumpiera las cuatro
décadas de democracia que vivió el país como resultado de ese trascendental
documento. Luego de mencionar los nombres de los personajes que figuraban en la
fotografía los calificó de traidores. Cabe preguntar, ¿Quién es, o quiénes son
los traidores? ¿Aquellos que en un gesto de patriotismo y desprendimiento
convinieron en colocar el destino democrático del país por encima de sus
ambiciones personales y de los intereses político-partidistas? ¿O quien no
solamente pretende eternizarse en el poder modificando a su antojo la
Constitución Nacional, sino que, además, sacrifica la soberanía nacional con su
proyecto político personal que busca reemplazar nuestra democracia con una copia
al carbón del sistema comunista imperante en la isla, facilita al invasión de
nuestro país por más de treinta mil cubanos que desplazan y privan de
oportunidades de empleo a ciudadanos venezolanos y entrega nuestro petróleo a
cambio de asesoramiento político para consolidar su hegemonía y su permanencia
en el poder?
Pero eso no es todo. En la perorata que pronunció
durante la celebración del aniversario de la revolución cubana en el Panteón
Nacional el teniente coronel aseguró que los venezolanos están dispuestos a
luchar por defender a Cuba y su régimen ante cualquier ataque por parte del
imperio capitalista. "Los venezolanos por Cuba lloramos y por Cuba estamos
dispuestos a morir peleando, si hubiera que morir por la Cuba
revolucionaria", dijo.
Nuevamente cabe preguntar: ¿A cuenta de qué ofrece a
la dictadura comunista cubana la sangre de los venezolanos? ¡Con mi
sangre que no cuente! Y dudo que algún venezolano, incluidos sus mas fervientes
y fanáticos seguidores y aduladores o alguno de los militarotes que aplauden
como focas todos sus desmanes, se sacrificaría por Cuba. Allá él si como
resultado de su enamoramiento enfermizo con Cuba y con Fidel está dispuesto a
morir defendiéndolos.
Mientras califica de "pitiyanquis" a quienes
disentimos de su descabellado proyecto político, el teniente coronel presidente
exhibe de la manera más descarada su pitifidelismo. Nada sorprendería si el día
que muera el otro Castro hace trasladar unos cuantos pelos de su barba para
sepultarlos y erigirle un monumento dentro del Panteón Nacional.
Todo esto es una razón más para votar NO en el
referendo.