Catorce pies

September 17th, 2010

[Cuento. Texto completo]

Alexandr Grin

-¿Así que ella les dio calabaza a los dos? -dijo el dueño de la posada a modo de despedida-. ¿Y ustedes qué dijeron?

Rod levantó el sombrero sin pronunciar una palabra y salió; lo mismo hizo Crist. Los dos mineros se sentían molestos por haber hablado demasiado la noche anterior bajo los efectos del alcohol. Ahora el posadero se estaba riendo de ellos; al menos esta última pregunta no ocultaba la intención de su burla.

Cuando la posada quedó detrás del recodo del camino, Rod dijo con una risita incómoda:

-Fue idea tuya lo de tomar vodka. Si no fuera por eso Kate no tendría que sonrojarse de pena por nuestra conversación, y eso que la muchacha está a dos mil millas de aquí. Qué le importa a este tiburón…

-Si no le dijimos nada importante -contestó Crist enfadado-. Bueno… tú te enamoraste… yo me enamoré… nos enamoramos de la misma. A ella le da lo mismo… Total, era una conversación sobre las mujeres.

-Es que tú no entiendes -dijo Rod-. No estuvo bien mencionar su nombre en este… en un mostrador. Bueno, que no se hable más de esto.

Aunque la muchacha estaba bien instalada en el corazón de cada uno de ellos, siguieron siendo amigos. Era difícil decir qué hubiera pasado de haber preferido a uno. El infortunio sentimental los acercó más todavía; en sus pensamientos estaban mirando a Kate por un telescopio, y no existen almas tan cercanas como las de los astrónomos. Por esta razón sus relaciones no se habían afectado. Como había dicho Crist: “a Kate le daba lo mismo”. Pero no del todo. Sin embargo ella callaba.

II

“El que ama llega hasta el final.” Cuando los dos hombres -Rod y Crist- habían llegado para despedirse, ella pensó que el de sentimiento más sólido y fuerte regresaría para repetir su declaración de amor. Aunque quizás un poco cruel, éste era el razonamiento de una Salomón con faldas de dieciocho años. Entre tanto, a la muchacha le gustaban los dos. No entendía cómo ellos podrían separarse de ella a más de veinticuatro millas sin el deseo de regresar dentro de veinticuatro horas. Sin embargo, el aspecto serio de los mineros, sus mochilas bien amarradas y las palabras que se dicen solamente en una verdadera despedida, la enfadaron un poco. Sintió un peso en el alma y se vengó.

-Vayan -dijo Kate-. El mundo es grande. No van a pasar toda la vida pegados a la misma ventana.

Al decir esto ella pensaba que pronto, muy pronto, volvería el alegre y simpático Crist. Después, cuando había pasado un mes, la solidez de este período la llevó a pensar en Rod, con quien ella siempre se había sentido más natural. Rod era cabezón, forzudo y de pocas palabras, pero la miraba de una forma tan mansa que ella un día le dijo: “¡Pío, pío, pío!”

III

Para llegar a las Canteras del Sol por el camino más corto había que atravesar las montañas, una rama de la cordillera que cruzaba el bosque. De los senderos que pasaban por allá, de su sentido y conexiones, los viajeros se enteraron en el hotel. Todo el día caminaron siguiendo la ruta correcta, pero al caer la tarde empezaron a confundirse. El error más grande lo cometieron al lado de la Piedra Plana, un pedazo de roca derribado por un terremoto. Por culpa del cansancio la memoria los había traicionado y empezaron a ascender cuando había que caminar una milla y media a la izquierda y sólo después subir.

A la caída del sol, después de salir de una espesura casi impenetrable, los mineros se encontraron frente a una grieta. El ancho del precipicio era bastante significativo, pero parecía estar al alcance del salto de un caballo.

Al verse perdidos los mineros se separaron: uno fue a la izquierda y otro a la derecha; Crist llegó a un abismo infranqueable y regresó; dentro de media hora regresó también Rod, había llegado al lugar donde la grieta se dividía en dos corrientes de agua que caían al precipicio.

Los caminantes se encontraron en el mismo lugar donde habían visto la grieta por primera vez.

IV

El otro lado del precipicio parecía estar tan cerca, al alcance de un puente corto. Crist, enojado, dio una patada en el suelo y se rascó la nuca. El otro lado del precipicio estaba bastante inclinado y cubierto de gravilla, pero entre todos los lugares que recorrieron para encontrar un atajo éste era el más estrecho. Rod tiró la soga con una piedra amarrada para medir la distancia: eran casi catorce pies. Miró a su alrededor: los arbustos secos parecidos a un cepillo cubrían el altiplano; se ponía el sol.

Podían regresar y perder un par de días, pero allí abajo, a lo lejos, brillaba el fino lazo del río Ascenda, a la derecha de su curva estaban las Montañas del Sol con sus minas de oro. Cruzando la grieta ahorrarían unos cinco días de camino. Retroceder y retomar el camino que los llevaría al río formaba una gran letra “S” que podían cruzar ahora en línea recta.

-Si hubiera un árbol -dijo Rod- pero no hay ningún árbol. Nada que poner de puente, tampoco hay dónde enganchar la soga del otro lado. Hay que saltar.

Crist miró y asintió con la cabeza. Realmente, el terreno estaba cómodo para coger impulso, ligeramente inclinado hacía la grieta.

-Tienes que pensar que es una tela negra -dijo Rod-, eso nada más. Imagínate que no hay precipicio.

-Claro -dijo Crist, distraído-. Un poco de frío… Como un baño…

Rod se quitó la mochila y la tiró al otro lado, lo mismo hizo Crist. Ahora no tenían otra salida que cumplir lo que habían decidido.

-Vamos… -empezó Rod, pero Crist, que era más nervioso, incapaz de aguantar la espera, lo apartó con la mano.

-Yo primero, después tú -dijo-. Es una bobería. Coser y cantar. ¡Mira!

Actuando sin pensar para prevenir un perdonable ataque de miedo, se apartó, corrió, se impulsó con el pie, voló hacia su mochila y aterrizó de bruces. En el punto más alto de este salto desesperado Rod hizo un esfuerzo interior para ayudar al saltador con todo su ser.

Crist se levantó. Estaba un poco pálido.

-Listo -dijo-. Te espero con el primer correo.

Rod lentamente caminó hacía la parte elevada, se frotó las manos y con la cabeza baja se echó a correr hacia el precipicio. Su cuerpo pesado parecía despegar con la fuerza de un ave. Después que Rod corrió, se impulsó y se separó de la tierra, Crist, sin esperarlo él mismo, de pronto se lo imaginó cayendo al profundo abismo. Era un pensamiento maligno, de los que un hombre no puede controlar. Es posible que el saltador lo percibiera. Rod, dejando la tierra, tuvo la imprudencia de mirar a Crist… y esto lo sacó de paso.

Cayó en el borde, enseguida levantó la mano y agarró la de Crist. Todo el vacío de abajo retumbó dentro de él, pero Crist agarraba duro, después de atraparlo en el último instante. Un momento más y la mano de Rod se hubiera perdido en el vacío. Crist se acostó resbalando sobre las pequeñas piedras que caían al precipicio. Su brazo se estiró y se puso rígido bajo el peso de Rod, pero arañando la tierra con las piernas y con el brazo libre, con la rabia de sentirse víctima y con la pesada inspiración del peligro, aguantaba la mano apretada de Rod.

Rod veía bien y comprendía que Crist estaba resbalando.

-Suéltame -dijo Rod con una voz tan horrible y fría que Crist gritó pidiendo ayuda, sin saber a quién-. ¡Te vas a caer, te lo estoy diciendo! -continuó Rod-. Suéltame y no te olvides, que es a ti a quien ella estaba mirando de forma diferente.

Así Rod había delatado su secreta y amarga convicción. Crist no contestó. Estaba callado y expiando su pensamiento: el pensamiento sobre Rod saltando al vacío. Entonces Rod sacó la navaja del bolsillo, la abrió con los dientes y la clavó en la mano de Crist.

La mano se abrió…

Crist miró abajo: con todas sus fuerzas evitó la caída, se alejó arrastrándose y vendó la mano con el pañuelo. Pasó un tiempo sentado, aguantando con las manos el corazón donde estaba tronando; al fin se acostó, apretó las manos contra la cara y todo su cuerpo empezó a sacudirse en silencio.

En invierno del próximo año entró al patio de la granja de Carroll un hombre muy bien vestido y antes de que pudiera mirar a su alrededor, una joven de aspecto independiente, pero con la cara estirada y tensa, salió corriendo a su encuentro, después de tirar varias puertas dentro de la casa y asustar a los pollos.

-¿Dónde está Rod? -preguntó apurada, casi sin saludar-. ¿Usted viene solo, Crist?

“Si ya hiciste tu elección no te equivocaste” -pensó el visitante.

-Rod… -repitió Kate-. Ustedes siempre andaban juntos…

Crist tosió, miró a un lado y se lo contó todo.

FIN

Corrido

September 15th, 2010

[Cuento. Texto completo]

Juan José Arreola

Hay en Zapotlán una plaza que le dicen de Ameca, quién sabe por qué. Una calle ancha y empedrada se da contra un testerazo, partiéndose en dos. Por allí desemboca el pueblo en sus campos de maíz.

Así es la Plazuela de Ameca, con su esquina ochavada y sus casas de grandes portones. Y en ella se encontraron una tarde, hace mucho, dos rivales de ocasión. Pero hubo una muchacha de por medio.

La Plazuela de Ameca es tránsito de carretas. Y las ruedas muelen la tierra de los baches, hasta hacerla finita, finita. Un polvo de tepetate que arde en los ojos, cuando el viento sopla. Y allí había, hasta hace poco, un hidrante. Un caño de agua de dos pajas, con su llave de bronce y su pileta de piedra.

La que primero llegó fue la muchacha con su cántaro rojo, por la ancha calle que se parte en dos. Los rivales caminaban frente a ella, por las calles de los lados, sin saber que se darían un tope en el testerazo. Ellos y la muchacha parecía que iban de acuerdo con el destino, cada uno por su calle.

La muchacha iba por agua y abrió la llave. En ese momento los dos hombres quedaron al descubierto, sabiéndose interesados en lo mismo. Allí se acabó la calle de cada quien, y ninguno quiso dar paso adelante. La mirada que se echaron fue poniéndose tirante, y ninguno bajaba la vista.

-Oiga amigo, qué me mira.

-La vista es muy natural.

Tal parece que así se dijeron, sin hablar. La mirada lo estaba diciendo todo. Y ni un ai te va, ni ai te viene. En la plaza que los vecinos dejaron desierta como adrede, la cosa iba a comenzar.

El chorro de agua, al mismo tiempo que el cántaro, los estaba llenando de ganas de pelear. Era lo único que estorbaba aquel silencio tan entero. La muchacha cerró la llave dándose cuenta cuando ya el agua se derramaba. Se echó el cántaro al hombro, casi corriendo con susto.

Los que la quisieron estaban en el último suspenso, como los gallos todavía sin soltar, embebidos uno y otro en los puntos negros de sus ojos. Al subir la banqueta del otro lado, la muchacha dio un mal paso y el cántaro y el agua se hicieron trizas en el suelo.

Ésa fue la merita señal. Uno con daga, pero así de grande, y otro con machete costeño. Y se dieron de cuchillazos, sacándose el golpe un poco con el sarape. De la muchacha no quedó más que la mancha de agua, y allí están los dos peleando por los destrozos del cántaro.

Los dos eran buenos, y los dos se dieron en la madre. En aquella tarde que se iba y se detuvo. Los dos se quedaron allí bocarriba, quién degollado y quién con la cabeza partida. Como los gallos buenos, que nomás a uno le queda tantito resuello.

Muchas gentes vinieron después, a la nochecita. Mujeres que se pusieron a rezar y hombres que dizque iban a dar parte. Uno de los muertos todavía alcanzó a decir algo: preguntó que si también al otro se lo había llevado la tiznada.

Después se supo que hubo una muchacha de por medio. Y la del cántaro quebrado se quedó con la mala fama del pleito. Dicen que ni siquiera se casó. Aunque se hubiera ido hasta Jilotlán de los Dolores, allá habría llegado con ella, a lo mejor antes que ella, su mal nombre de mancornadora.

FIN

Chertogón

September 15th, 2010

[Cuento. Texto completo]

Nikolái Semënovic Leskov

I

Se trata de algo que sólo puede presenciarse en Moscú, y eso, teniendo mucha suerte y buenas aldabas.

Yo presencié una vez esta especie de rito, desde el comienzo hasta el final, gracias a una feliz coincidencia, y quiero describirlo para los verdaderos entendidos y amantes de todo lo serio y grandioso que tiene sabor popular.

Aunque por una rama pertenezco a la nobleza, por la otra estoy cerca del «pueblo»: mi madre desciende de una familia de comerciantes. Al casarse abandonaba una casa muy rica, pero no hacía una boda de conveniencias, sino que se marchaba por amor a mi padre. Mi difunto padre era famoso por sus galanteos y siempre lograba lo que se proponía. Lo mismo le sucedió con mi madre. Sólo que, debido a esta habilidad, mis abuelos no dotaron a mi madre y sólo le dieron, como es natural, sus vestidos, la ropa de cama y las arras, que recibió a la vez que su perdón y su bendición eterna. Mis padres vivían en Oriol, con estrechez, pero también con dignidad, sin pedirles nada a los acaudalados familiares de mi madre ni mantener tampoco trato con ellos. Sin embargo, cuando llegó para mí el momento de marcharme a estudiar a la Universidad, me dijo mi madre:

-Haz el favor de visitar a tu tío Ilyá Fedoséievich y saludarlo de mi parte. No es una humillación, pues se debe respetar a los parientes de más edad. Ilyá es hermano mío, y un hombre muy piadoso, además, que goza de gran consideración en Moscú. Él presenta el pan y la sal siempre que se recibe a algún personaje… siempre está delante de todos con la bandeja o con una imagen… Frecuenta la casa del gobernador general y del metropolita… Puede aconsejarte bien.

Y aunque por entonces yo no creía en Dios después de estudiar el catecismo de Filaret, como le profesaba gran cariño a mi madre me dije un día: «Llevo ya cerca de un año en Moscú, y todavía no he cumplido el encargo de mi madre. Ahora mismo voy a casa del tío Ilyá Fedoséievich. Le haré una visita, le transmitiré los saludos de mi madre y veré si me da efectivamente buenos consejos.»

Desde niño me habían inculcado el hábito de mostrarme deferente con las personas mayores, cuanto más si eran conocidas del metropolita y de los gobernadores.

Conque, me puse en pie, me cepillé la ropa y fui a ver al tío Ilyá Fedoséievich.

II

Serían las seis de la tarde aproximadamente. Hacía un tiempo tibio, suave, algo nublado… Muy buen tiempo, en fin. La casa de mi tío -una de las principales de Moscú- era conocida de todo el mundo. Sólo que yo nunca había estado en ella ni tampoco había visto a mi tío, ni siquiera de lejos.

Sin embargo, me puse en camino tan campante, pensando: «Si me recibe, bien; si no me recibe, allá él.»

Cuando llegué esperaban delante de la entrada principal unos magníficos caballos moros, con las crines sueltas y el pelo lustroso como el raso, enganchados a una calesa.

Subí al balcón y dije que era fulano de tal, sobrino del señor, estudiante, y quería que me anunciaran a Ilyá Fedoséievich. Los criados contestaron:

-El señor baja ahora mismo. Va a dar un paseo en coche.

Y apareció un personaje de aspecto muy corriente, muy ruso, aunque bastante majestuoso. A pesar de que tenía en los ojos cierto parecido con mi madre, la expresión era distinta: la mirada de lo que se dice un hombre de peso.

Me presenté. Mi tío me escuchó en silencio, me tendió la mano lentamente y dijo:

-Sube. Daremos un paseo.

Yo quería negarme, pero me quedé algo cohibido y subí al coche.

-¡Al parque! -ordenó mi tío.

Los caballos arrancaron, partieron como flechas haciendo rebotar ligeramente el coche y, ya fuera de la ciudad, aceleraron aún más su carrera.

Así íbamos, sin decir ni una palabra, pero advertí que mi tío se había encajado el sombrero de copa hasta las mismas cejas y tenía en el rostro una mueca de aburrimiento.

Mi tío miraba a un lado, miraba a otro, y una vez me lanzó a mí una ojeada y profirió, sin venir a cuento:

-¡Fastidio de vida!

No sabiendo qué contestar, callé por toda respuesta.

El coche seguía rodando, yo me preguntaba adónde me llevaría y empezaba a parecerme que me había embarcado en algún lío.

De pronto, como si hubiera encontrado solución a lo que iba cavilando, mi tío se puso a dar órdenes al cochero:

-A la derecha, a la izquierda. ¡Para en el Yar!

Vi que desde el restaurante acudían hacia el coche muchos criados, todos haciendo grandes reverencias a mi tío; pero él, sin moverse ni apearse, mandó llamar al dueño. Fueron corriendo en su busca. Se personó el francés, también con mucha deferencia; pero mi tío, como si tal cosa, siguió pegándose en los dientes con el puño de hueso del bastón, y luego dijo:

-¿Cuántos extraños hay?

-Unas treinta personas en las salas y tres gabinetes ocupados.

-¡Todos fuera!

-Muy bien.

-Ahora son las siete -continuó mi tío, después de consultar su reloj-. Vendré a las ocho. ¿Estará listo?

-Para las ocho, será difícil… muchos han hecho ya el pedido… Pero, si tiene a bien venir a las nueve, no habrá en todo el restaurante ni un solo extraño.

-Bueno.

-¿Qué se prepara?

-Etíopes, naturalmente.

-¿Algo más?

-Música.

-¿Una orquesta?

-Mejor, dos.

-¿Mandamos recado a Riabika?

-Naturalmente.

-¿Señoritas francesas?

-No hacen falta.

-¡De la bodega…?

-Completa.

-¿Y de la cocina?

-¡La carta!

Trajeron el menú del día.

Mi tío le echó una ojeada y me parece que sin fijarse siquiera o quizá sin querer fijarse, pegó en la cartulina con el bastón y dijo:

-De todo esto, para cien personas.

Con estas palabras, dobló el menú y se lo guardó en el bolsillo.

El francés estaba encantado e inquieto al mismo tiempo.

-No podría servir de todo para cien personas -objetó-. Figuran aquí platos muy caros y en todo el restaurante sólo hay ingredientes para cinco o seis.

-¿Y cómo voy yo a establecer categorías entre mis invitados?

-Que haya de todo lo que se le ocurra pedir a cada uno. ¿Entiendes?

-Entiendo.

-Mira que, de lo contrario, de nada te servirá siquiera Riabika. ¡Tira!

Dejamos el restaurante con sus criados a la puerta y nos marchamos.

En este punto llegué al total convencimiento de que aquel barco no era para mí y quise despedirme, pero mi tío ni siquiera me oyó. Parecía absorto. Conforme rodábamos por las calles iba parando a distintos caballeros.

-¡A las nueve, en el Yar! -decía lacónicamente.

Y los interpelados, todos hombres de edad y de aspecto respetable, se quitaban el sombrero y contestaban con idéntico laconismo:

-Encantado, Fedoséich. No recuerdo a cuántos habíamos parado de esta manera, aunque pienso que serían unos veinte, cuando, al filo de las nueve, nos dirigimos de nuevo al Yar. Un tropel de criados acudió a nuestro encuentro. Ayudaron a mi tío a apearse y, en el balcón, el propio francés le sacudió el polvo del pantalón con una servilleta.

-¿No hay nadie? -preguntó mi tío.

-Un general se ha retrasado un poco y ruega encarecidamente que le dejen terminar en su gabinete…

-¡Fuera ahora mismo!

-Terminará en seguida.

-No quiero. Bastante tiempo le he dado. Ahora, que termine de cenar sobre el césped.

Ignoro cómo habría terminado aquello; pero el general salió en ese momento en compañía de dos señoras, subió a su coche y se marchó cuando empezaban a llegar uno tras otro los caballeros invitados por mi tío a cenar en el parque.

III

El restaurante, puesto con elegancia, estaba recogido y libre de visitantes. Sólo en una sala estaba sentado un gigante que se adelantó hacia mi tío en silencio y, sin decirle tampoco una palabra, tomó el bastón de sus manos y fue a dejarlo en alguna parte.

Inmediatamente después de entregarle el bastón al gigante sin la menor protesta, mi tío puso también en sus manos la billetera y el portamonedas.

Aquel corpulento hombretón, de pelo entrecano, era el mismo Riabika a quien, sin que yo comprendiera con qué finalidad, debía mandar recado el dueño del restaurante. Se le designaba como «maestro para niños», pero también allí se encontraba, evidentemente, para el desempeño de algún menester particular. Resultaba allí tan imprescindible como los gitanos, la orquesta y todo el servicio que, instantáneamente, se presentó al completo. Sólo que yo no comprendía cuál podría ser el papel del maestro: todavía era pronto, debido a mi inexperiencia.

El restaurante, brillantemente iluminado, entraba en funcionamiento: sonaba la música, los gitanos iban sentándose después de tomar algún fiambre mientras mi tío inspeccionaba el local, el jardín, la gruta y las galerías. Miraba en todas partes, cerciorándose de que no había «ningún indeseable», acompañado paso a paso por el maestro. Pero cuando volvieron al salón principal, donde se habían congregado todos los comensales, pudo advertirse una gran diferencia entre ellos: el maestro estaba fresco, tal y como había salido, y mi tío totalmente ebrio.

¿Cómo había podido ocurrir en tan poco tiempo? Lo ignoro, pero el caso es que estaba de excelente humor. Ocupó la presidencia de la mesa, y allá empezó la francachela.

Las puertas fueron cerradas, de modo que nada de fuera pudiese llegar hasta nosotros, ni nada nuestro salir al exterior. Nos aislaba un abismo, un abismo de todo: de bebidas, de manjares… Pero, sobre todo, un abismo de desenfreno -no quiero decir indecente, pero sí salvaje, frenético- tal que no podría describirlo. Ni tampoco hay que pedírmelo porque, al verme encerrado allí y aislado del mundo, me quedé sobrecogido y me apresuré a emborracharme. De manera que no voy a pintar cómo transcurrió aquella noche porque mi pluma no es capaz de describir todo eso. Sólo recuerdo dos episodios épicos y el final; pero precisamente ellos encerraban lo más terrible.

IV

Un criado anunció la presencia de cierto Iván Stepánovich, que resultó ser un fabricante y comerciante moscovita de mucho fuste.

Se produjo una pausa.

-He dicho que no entre nadie -contestó mi tío.

-Insiste mucho.

-¿Y dónde estaba antes? Que se marche por donde ha venido.

El criado fue a llevar la respuesta, y volvió diciendo tímidamente:

-Iván Stepánovich me manda decir que se lo ruega muy encarecidamente.

-Pues, no. No quiero.

Se oyeron voces de: «Que pague una multa».

-¡No! ¡Que le echen! Ni multa, ni nada…

Pero, volvió el criado más encogido todavía:

-Dice que está dispuesto a pagar cualquier multa, pero que, a sus años, le duele mucho verse apartado de los suyos.

Mi tío se levantó con los ojos relampagueantes, pero en ese momento, con toda su corpulencia, se colocó Riabika entre él y el criado: apartó al criado, como si fuera un polluelo, con un ligero movimiento de la mano izquierda, mientras con la derecha volvía a sentar a mi tío en su sitio.

Algunos comensales salieron en defensa de Iván Stepánovich: que entrara, que pagara cien rublos de multa para los músicos y entrara luego.

-El viejo es uno de los nuestros, un hombre piadoso. ¿Adónde va a ir ahora? Suelto por ahí, es capaz de armar un escándalo delante de gentuza de poca monta. Hay que comprenderlo.

Después de oírles dijo mi tío:

-Si no ha de ser como yo quiero, que tampoco sea como ustedes quieren, sino como Dios quiera: consiento que entre Iván Stepánovich, pero con la condición de que toque el bombo.

El criado fue con el recado y volvió:

-Dice que le pongan mejor una multa.

-¡Al diablo! Si no quiere tocar el bombo, allá él: que se largue adonde le dé la gana.

Al poco rato, Iván Stepánovich no resistió más y mandó a decir que aceptaba tocar el bombo.

-Que venga.

Entró un caballero de estatura aventajada y de aspecto respetable: tenía un aire grave, los ojos sin brillo, el espinazo doblado y la barba entrecana enmarañada. Intentó bromear y saludar a los presentes, pero en seguida lo atajaron.

-¡Luego luego! Eso, después -le gritó mi tío-. Ahora, ¡dale al bombo!

-¡Dale al bombo! -corearon otros.

-¡Música! ¡Algo que le vaya al bombo!

La orquesta atacó una pieza estrepitosa, y aquel respetable anciano agarró los palillos y se puso a pegar con ellos, unas veces al compás y otras no.

Los gritos y el alboroto eran infernales. Todos estaban encantados y gritaban:

-¡Más fuerte!

Iván Stepánovich arreciaba.

-¡Más fuerte, más fuerte! ¡Más!

El anciano pegaba con todas sus fuerzas como el rey Negro de Freiligrath, hasta que llegó la culminación: se produjo un horrible crujido en el bombo, reventó la badana, todos estallaron en carcajadas, el estruendo se hizo inverosímil y a Iván Stepánovich le aligeraron de quinientos rublos de multa en favor de los músicos por haber roto el bombo.

Iván Stepánovich pagó, se enjugó el sudor, tomó asiento a la mesa y, cuando todos alzaban las copas a su salud, descubrió con horror a su yerno entre los comensales.

Más risas, más alboroto, y así hasta que yo perdí toda noción. En los raros destellos de lucidez, recuerdo que vi bailar a las gitanas y a mi tío agitando las piernas sin moverse de su asiento, luego le vi levantarse engallándose con alguien, pero inmediatamente se interpuso Riabika, y ese alguien salió despedido hacia un lado mientras mi tío volvía a ocupar su sitio a la mesa, en cuyo tablero había dos tenedores clavados delante de él. Entonces comprendí el papel de Riabika.

Pero en esto, penetró por la ventana el frescor del amanecer moscovita y yo volví a cobrar un poco conciencia de las cosas, aunque me parece que sólo lo necesario para dudar de mi sano juicio. Estaba en medio de una batalla campal y una tala de árboles: se oían crujidos y trastazos, oscilaban los árboles, unos árboles frondosos y exóticos, y tras ellos se apiñaban rostros morenos en un rincón mientras que del lado nuestro, junto a las raíces, relampagueaban unas hachas terribles, manejadas por mi tío, por el anciano Iván Stepánovich… Un cuadro verdaderamente medieval.

Era que estaban «apresando» a las gitanas refugiadas en la gruta, detrás de los árboles. Los gitanos no las defendían, sino que las dejaban valerse por sus propias fuerzas. Resultaba difícil establecer una diferencia entre lo que era broma y lo que iba en serio: por los aires volaban platos, sillas y piedras arrojadas desde la gruta, y los hombres seguían a hachazo limpio con el bosque, siendo los más esforzados Iván Stepánovich y mi tío.

La fortaleza cayó al fin: las gitanas fueron apresadas, besuqueadas, manoseadas, cada uno le deslizó a cada una un billete de cien rublos por el escote, y se acabó el asunto…

Sí. De pronto se hizo el silencio… Todo había terminado. Nadie dio la señal de parar, pero ya era bastante. Se notaba que, si bien la vida era un fastidio antes de aquello, ahora bastaba ya.

A todos les parecía suficiente y todos estaban satisfechos. Quizá influyera el hecho de haber anunciado el maestro que era su «hora de ir a clase», aunque, lo mismo daba, la verdad: la noche de Walpurgis había pasado y la vida volvía a su cauce.

La gente no se separaba, no se despedía, sino que desaparecía sencillamente. No quedaban ya ni los músicos ni los gitanos. El restaurante ofrecía un aspecto de total arrasamiento, sin una cortina ni un espejo sanos; incluso la araña del techo yacía en el suelo hecha añicos, y sus colgantes de cristal se partían bajo los pies de los criados, extenuados, que apenas si podían tenerse. Mi tío bebía kvas, sentado él solo en medio de un diván. Alguna cosa recordaba de vez en cuando, y entonces agitaba las piernas. De pie a su lado, esperaba Riabika, impaciente por acudir a sus clases.

Trajeron la cuenta, breve, «sin detalles».

Riabika la leyó con atención y exigió una rebaja de mil quinientos rublos. Sin meterse en discusiones con él, quedó ajustado el total, que ascendía a diecisiete mil rublos y que Riabika declaró razonable después de repasarlo. Mi tío pronunció lacónicamente «paga», luego se puso el sombrero y me hizo ademán de que lo siguiera.

Advertí con horror que no se le había olvidado nada y que yo no tenía la menor probabilidad de escabullirme de él. Me inspiraba auténtico pavor, y no llegaba a imaginarme, debido al estado de exaltación en que se encontraba, lo que sería de mí cuando nos quedásemos cara a cara los dos solos. Me había hecho que lo acompañara, sin una palabra de explicación, y ahora me llevaba de un lado para otro sin dejarme resquicio por donde escapar. ¿Qué podría ocurrirme? De mi borrachera, no quedaba ni rastro. Lo único que me pasaba era que le tenía sencillamente pánico a aquella terrible fiera salvaje, con su inverosímil fantasía y su espantoso desenfreno. Entre tanto, íbamos a marcharnos ya. En la antesala nos envolvió una nube de criados. Mi tío dictaminó: «cinco por barba», y Riabika repartió el dinero. La propina fue inferior para los guardas, barrenderos, guardias urbanos y gendarmes, cada uno de los cuales, según resultó, nos había prestado algún servicio. Todos fueron recompensados. Aquello representaba ya una buena cantidad; pero aún quedaban los cocheros de punto, que ocupaban con sus carruajes todo el espacio descubierto del parque, y todos nos esperaban también: esperaban al bátiushka Ilyá Fedoséich «por si su señoría se dignaba mandarles algo».

Se calculó cuántos eran, se les repartieron tres rublos a cada uno y mi tío y yo subimos al coche. Riabika le entregó entonces la billetera a mi tío.

Ilyá Fedoséich sacó un billete de cien rublos y se lo presentó a Riabika.

El hombre le dio unas vueltas entre los dedos y dijo:

-Es poco.

Mi tío añadió dos billetes de veinticinco.

-Tampoco es bastante: no ha habido ni una sola bronca.

Mi tío alargó un tercer billete de veinticinco, y entonces el maestro le entregó su bastón y se despidió.

V

Nos quedamos los dos frente a frente en el coche, que partió a toda velocidad hacia Moscú, seguido al galope, entre alaridos y traqueteos, por toda la patulea de cocheros. Yo no acertaba a comprender lo que pretendían, pero mi tío sí lo entendió. Era indignante: querían arrancarle otra propina de despedida y, con el pretexto de darle una prueba de deferencia a Ilyá Fedoséich, exponían su dignísima persona a la mofa general.

Estábamos ya muy cerca de Moscú, que aparecía ante nuestros ojos, todo envuelto en la maravillosa luminosidad matutina, nimbado por la tenues nubecillas de humo de los hogares, despertándose al plácido tañido de las campanas que llamaban a misa.

La calzada estaba flanqueada a ambos lados por almacenes que llegaban hasta la puerta de la ciudad. Mi tío mandó detener el coche delante del primero, se llegó hasta un barrilillo de madera de tilo que había a la entrada y preguntó:

-¿Es miel?

-Sí.

-¿Cuánto vale el barril?

-Vendemos al por menor, por libras.

-Pues me lo vendes al por mayor. Calcula lo que vale.

No recuerdo muy bien si fueron setenta u ochenta rublos lo que se calculó.

Mi tío arrojó el dinero.

Los coches que nos seguían se habían detenido también.

-¿Qué, muchachos? Los cocheros de nuestra ciudad me quieren bien, ¿no es cierto?

-¡Claro que sí! Nosotros, a vuestra excelencia, siempre…

-Me tienen cariño, ¿eh?

-Muchísimo.

-¡Fuera las ruedas de los coches!

Los cocheros se quedaron perplejos.

-¡Vamos, vamos! ¡Pronto! -ordenó mi tío.

Los más ágiles, unos veinte, rebuscaron debajo de los asientos, agarraron las llaves y se pusieron a aflojar las tuercas.

-Bien -dijo mi tío-. Ahora, ¡a engrasar los ejes con miel!

-¡Bátiushka!…

-Ya lo han oído.

-¡Una cosa tan rica!… Mejor sería comérsela.

-¡A engrasar los ejes con ella!

Sin más, mi tío volvió a subir al coche y partimos a toda velocidad dejando a los cocheros, con los vehículos sin ruedas, en torno al barrilillo de miel que, a buen seguro, no emplearon para untar los ejes con ella, sino que se la repartirían o se la revenderían al dueño del almacén. El caso es que nos dejaron en paz y fuimos a parar a una casa de baños. Allí pensé que había llegado para mí el fin del mundo y permanecí medio muerto dentro de una bañera de mármol mientras mi tío se tendía en el suelo; pero no simplemente tendido, ni en una postura normal, sino más bien apocalíptica. Toda la mole de su obeso corpachón sólo tocaba el suelo con las yemas de los dedos de sus pies y sus manos. Sostenido por tan endebles puntos de apoyo, su cuerpo rojo se estremecía bajo los chorros de una lluvia fría dirigida contra él, y él rugía con el rugido sofocado de un oso que estuviera arrancándose una espina. Aquello duró una media hora, y durante todo ese tiempo estuvo él estremecido como un flan sobre una mesa movediza hasta que, finalmente, se levantó de un salto, pidió una jarra de kvas, y entonces nos vestimos y fuimos al bulevar Kuznetski, «donde el francés».

Allí nos recortaron y nos rizaron ligeramente el cabello, nos peinaron, y luego nos encaminamos a pie hacia el centro, a la tienda de mi tío. Por lo que a mí se refiere, ni conversaba conmigo ni me dejaba marchar. Sólo una vez dijo:

-Espera, que no todo se hace de golpe. Y lo que no comprendes, con los años lo comprenderás.

En la tienda hizo sus oraciones, lo inspeccionó todo con el ojo del amo y se instaló detrás de su pupitre. El exterior del recipiente ya estaba limpio, pero dentro conservaba un gruesa capa de inmundicia que buscaba ser depurada.

Yo me percataba de ello, y no sentía ya temor, pero sí curiosidad. Deseaba ver qué castigo se imponía: ¿abstinencia o alguna buena obra?

A eso de las diez comenzó a manifestar fastidio, espiando la llegada de un tendero vecino suyo para ir a tomar el té, pues juntándose tres personas salía cinco kopecs más barato. El vecino no apareció: se había muerto de repente.

Mi tío se santiguó y dijo:

-Todos hemos de morir.

El hecho no lo afectó mayormente a pesar de que, durante cuarenta años, habían ido juntos a tomar el té a Novotróitski.

Llamamos al vecino del otro lado, y con él fuimos varias veces a reponer fuerzas con un tentempié, pero todo con sobriedad. Me pasé el día entero al lado de mi tío y acompañándolo hasta que, a la caída de la tarde, mandó en busca de su faetón para ir al convento de la Vsepetaia.

También era conocido allí y se le recibió tan reverenciosamente como en el Yar.

-Quiero prosternarme a los pies de la Virgen y llorar mis pecados. Y aquí les presento a mi sobrino, hijo de mi hermana.

-Pase, pase, por favor -instaban las monjas-. ¿Con quién podría mostrarse la Virgen más misericordiosa que con su merced? Siempre ha favorecido usted su santa casa. Llega muy a tiempo: se está celebrando el servicio de vísperas.

-Esperaré a que termine. A mí me gusta que no haya gente y que me acondicionen cierta penumbra, para recogerme.

Se hizo lo que pedía, apagando todas las luces, menos una o dos lamparillas y la que ardía justo delante de la Virgen, en un vaso de cristal verde, grande y profundo.

Mi tío no se hincó, sino que se desplomó de rodillas, luego cayó de bruces golpeando el suelo con la frente, ahogó un sollozo y se quedó inmóvil.

Las dos monjas y yo nos sentamos en un rincón oscuro, cerca de la puerta. Hubo una larga pausa. Mi tío seguía tendido en el suelo, mudo y quieto. Me pareció que se había quedado dormido, y así se lo dije a las monjas. Una de las hermanas, la de más experiencia, se quedó pensando un instante, luego sacudió la cabeza, encendió una vela muy fina y, con ella en la mano, se encaminó sigilosamente hacia el penitente. Dio una vuelta a su alrededor, despacito, de puntillas, y susurró muy agitada:

-Ya surte efecto.

-¿Cómo lo sabe?

La monja se inclinó, indicándome que yo hiciera lo mismo, y dijo:

-Mire, justo a través de la llama, donde tiene los pies.

-Ya veo.

-¡Qué lucha! ¿Verdad?

Me fijé y advertí, efectivamente, cierto rebullir: mi tío continuaba devotamente prosternado, sumido en sus oraciones, pero daba la impresión de que a sus pies había dos gatos peleándose, arremetiendo alternativamente el uno contra el otro y pegando saltos.

-¿De dónde han salido esos gatos? -pregunté a la hermana.

-Eso es lo que le parece a usted -contestó-; pero no son gatos, sino tentaciones del maligno. ¿No ve que su espíritu se eleva ya hacia el cielo, pero permanece todavía con los pies en el infierno?

Entonces vi que, en efecto, mi tío agitaba los pies como si terminara de marcarse el baile de la víspera. Lo que faltaba por precisar era si su espíritu se había elevado ya hacia el cielo.

Como en respuesta, mi tío exhaló de pronto un tremendo suspiro y gritó a voz en cuello:

-¡No me levantaré mientras no me perdones! ¡Porque sólo tú eres santo y todos nosotros somos malditos pecadores! -y prorrumpió en sollozos.

Sollozaba con tanto sentimiento que las monjas y yo rompimos también a llorar, pidiéndole a Dios que atendiera su plegaria.

Y antes de que pudiéramos recobrarnos estaba ya a nuestro lado, diciéndome en voz baja, con unción:

-Vamos. Tenemos que hacer.

Las monjas preguntaron:

-¿Ha tenido la ventura de ver el divino resplandor, bátiushka?

-No. El resplandor no lo he visto -contestó-. Pero esto… sí lo he notado…

Apretó el puño y lo levantó, como se levanta a los chiquillos por el pelo.

-¿Lo ha levantado?

-Sí.

Las monjas empezaron a santiguarse, y yo las imité, mientras mi tío explicaba:

-¡Ahora tengo su perdón! Desde lo más alto, desde la misma cúpula, ha descendido su diestra abierta, me ha agarrado de todos los pelos juntos y me ha puesto de pie…

Y no se sentía ya repudiado. Era feliz. Dejó una espléndida limosna para el convento donde sus plegarias habían producido aquel milagro, notó que la vida había dejado de ser un fastidio, envió a mi madre toda la dote que le correspondía y a mí me inició en la buena creencia popular.

Desde entonces conocí el gusto de lo popular en la caída y en la exaltación… Esto es lo que se llama chertogón, lo que hace salir a los demonios del cuerpo. Pero, repito, Moscú es el único sitio donde puede presenciarse, y eso si le acompaña a uno la suerte o goza del favor de algún venerable anciano.

FIN

Cara de luna

September 15th, 2010

[Cuento. Texto completo]

Jack London

La cara de Juan Claverhouse era un fiel trasunto de la luna llena; ya conocen ustedes el tipo: los pómulos muy separados, la barbilla y la frente redondas, hasta confundirse con los rubicundos mofletes, y la nariz ancha y corta, como una pelota de pan aplastada en la pared, ocupando el centro de la circunferencia.

Quizá fuera ésta la razón del odio que sentía por él; su presencia me resultaba insoportable, y lo conceptuaba como una especie de mancha sobre la tierra. He llegado a creer que mi madre, durante el embarazo, tuvo algún antojo, algún motivo de resentimiento con la luna; qué sé yo…

Sea por lo que fuere, lo cierto es que yo lo odiaba, y no debe creerse que él, por su parte, me había dado motivo alguno, por lo menos a los ojos del mundo; pero la razón existía, no cabe duda, aunque tan oculta, tan sutil, que no encuentro palabras con que poder expresarla. Todos conocemos esta clase de antipatías instintivas; vemos por primera vez a un desconocido, a una persona cuya existencia ignorábamos y, sin embargo, en el momento de verla decimos: “No me gusta ese hombre o esa mujer”. ¿Por qué no nos gusta? ¡Ah! Lo ignoramos; no sabemos sino que es así, que nos cae antipático; eso es todo. Tal fue mi caso con Juan Claverhouse.

¿Con qué derecho era dichoso un hombre semejante? Nunca vi optimismo como el suyo; siempre risueño, siempre contento y siempre encontrándolo todo bien, ¡maldita sea!…

No me importaba nada la alegría de los demás; todo el mundo puede reír, hasta yo… antes de conocer a Claverhouse; pero la risa de éste, aquella risa, me irritaba, me enloquecía, me ponía furioso, fuera de mí… Era una pesadilla constante, a la que no podía sustraerme, un demonio maldito, cuyo abrazo infernal me ahogaba. ¡Qué risa! Estentórea, homérica, gargantuana; despierto o dormido, su vibrante sonar me arañaba el corazón como con las púas de un peine gigantesco. La oía al despuntar el alba, a través de los campos, y sus ecos me robaban las delicias de un plácido despertar; la oía bajo el cielo clarísimo del mediodía, cuando la Naturaleza entera parecía dormir borracha de luz y de calor, y sus “¡ja! ¡ja!” se elevaban sonoros en el silencio de los valles; y la oía en medio de la noche, en que me despertaba el irritante chasquido de aquella risa diabólica, haciéndome dar vueltas en la cama y clavarme las uñas en las palmas de las manos, en un paroxismo de rabia impotente.

Más de una madrugada me levanté con el único objeto de desparramar sus rebaños por las campiñas sembradas, y sólo conseguí escuchar otra vez, por la mañana, su eterna risa, mientras los congregaba de nuevo en sus rediles.

-Pobres bestezuelas -decía-. ¡No tienen culpa, al ir donde su instinto las lleva, buscando mejores pastos!…

Tenía Claverhouse un perro que atendía por Marte, un hermoso animal, mezcla de mastín y galgo, con rasgos característicos de ambas especies. Marte, más que su perro favorito, era casi un amigo para él, y siempre se les veía juntos.

Después de una paciente espera, llegó el día y la hora de poner en práctica mi maquinación. Con halagos atraje al animal, y un pedazo de carne con estricnina hizo el resto, aunque perdí mi tiempo y mi habilidad de una manera lastimosa, pues la risa de Juan siguió siendo tan frecuente como antes y su cara se parecía cada vez más a la luna llena.

Entonces prendí fuego a sus trojes y a sus graneros, y a la mañana del día siguiente, que era domingo, lo encontré tan alegre como de costumbre.

-¿Adónde va? -le pregunté cuando nos cruzamos.

-A pescar truchas -me dijo contentísimo-; me entusiasma la pesca.

¿Ha existido jamás un hombre semejante? Sus trojes y sus hórreos no estaban asegurados -lo sabía-, y el incendio había convertido en humo su fortuna; pero allá iba, lleno de regocijo, en busca de una cesta de truchas, simplemente porque “le entusiasmaba la pesca”.

Si en aquel momento hubiera visto en su cara la expresión de la pena, por poca, por ligera que ésta hubiera sido; si la cara se le hubiese alargado, perdiendo aquel aspecto de luna llena, quizá le habría perdonado el crimen de existir; pero, por el contrario, la desgracia parecía aumentar su alegría.

Lo insulté a propio intento, y no vi en su cara signo alguno de despecho; todo lo más, un gesto de sorpresa bondadosa.

-¿Pelearnos?… ¿Y por qué? -me preguntó con lentitud, y añadió, echándose a reír-. ¡Ja,ja! ¡Qué gracioso es usted! ¡Ja, ja!… De verdad, me hace usted muchísima gracia.

¿Qué hacer? La cosa era horrible, inverosímil, inaguantable… ¡Cómo lo odiaba, Dios poderoso!…

Luego, aquel nombre: Claverhouse. ¿Por qué Claverhouse? Me hacía la pregunta mil veces. No me hubiera importado que se llamara Smith, Brown, Jones; pero… ¡Claverhouse!… ¿Es posible que exista alguien con semejante nombre? “No”, me responderán ustedes, y “no”, me respondía yo mismo.

Pensé en su hipoteca y en la imposibilidad de que la pagara, cuando sus cosechas se encontraban destruidas. Bien pronto encontré un prestamista astuto e inhumano que se quedó con todos los créditos, y aunque yo no figuré para nada en la transacción, pude, por medio de este agente, forzar el vencimiento, para tener el gusto de avisar a Claverhouse de los pocos días (ni uno más de los que marca la ley) que le restaban para abandonar la casa y la finca donde había vivido durante veinte años.

Después fui a verlo, esperando leer, al fin, la desesperación en sus ojos; pero ¡ca!; lo encontré sonriente, con su eterna cara de contento y… ¡más parecida que nunca a la luna llena!

Me recibió riendo a carcajadas.

-¡Ja, ja, ja!… ¡Pero qué gracioso es este chiquillo mío! Figúrese usted que estaba jugando en la orilla del río, cuando un trozo del ribazo cayó al agua y lo salpicó, y me dice: “¡Oye, papá! ¡Un charco se ha levantado y me ha dado en la cabeza!…”

Y se detuvo, aguardando, sin duda, a que yo me echara a reír.

-Pues no veo la gracia -le contesté con brusquedad y sintiendo que la cara se me agriaba por momentos.

Me miró con asombro, y luego empezó a extenderse por la suya el resplandor suave de que les he hablado, y que la tornaba casi luminosa:

De nuevo empezó a reír:

-¡Ja, ja!… ¡Esto sí que está bueno!… ¡Que no le ve la gracia!… ¡Ja, ja, ja!… ¡Que no se la ve!… Pero, venga usted acá, venga usted acá; usted ya sabe que los charcos…

No lo dejé terminar; di media vuelta y me marché. ¡Era el colmo! ¡Ya no podía resistirlo! Se hacía indispensable acabar de una vez; era preciso libertar al mundo de semejante monstruo…

Y mientras subía lentamente la colina, su risa maldita me perseguía, resonante siempre, siempre…

*

Me precio de hacer las cosas bien, y cuando resolví matar a Claverhouse estaba dispuesto a hacerlo en forma tal y con tal habilidad, que el recuerdo de mi acción no pudiera avergonzarme nunca. Declaro que aborrezco la torpeza y que siempre me inspiró antipatía la violencia y la fuerza bruta. Matar a un hombre a puñetazos, por ejemplo, tiene todos los caracteres del vandalismo, y me repugna hasta pensar en ello; de modo que la idea de disparar un tiro, clavar un puñal o asestar un golpe ni siquiera entró en mis cálculos; además, no sólo era cuestión de hacerlo bien, científicamente: quedaba por resolver la indispensable forma de evitar que pudieran recaer sospechas sobre mí.

Pensé mucho en ello, y por fin, tras una semana de trabajo mental, encontré lo que buscaba, y me dispuse a poner en obra mi pensamiento.

Empecé por comprar una perra de aguas de cinco meses, y me dediqué en cuerpo y alma a inculcarle la educación necesaria. Si alguien me hubiera observado con atención, pronto se hubiera dado cuenta de que sólo la adiestraba en devolverme las cosas que yo arrojaba lejos de mí.

La perra, a la que di el nombre de Belona, me traía los palos que le tiraba al agua, y no solamente me los traía, sino que lo efectuaba en seguida, sin vacilar, morderlos ni jugar con ellos. Le enseñé a correr detrás de mí con un objeto en la boca, hasta alcanzarme, y como se trataba de un animal listo y despierto, pronto tuve el gusto de ver que mis lecciones fueron bien aprovechadas.

En la primera ocasión favorable regalé el animal a mi enemigo, y al hacerlo, como se comprenderá, llevaba mi idea, pues de antiguo conocía su flaqueza y su hábito inveterado de infringir cierta ley de pesca.

-No -me dijo cuando le puse la traílla en la mano-, no, esto no es en serio, ¿verdad? -y se reía, con su risa ridícula, que le retozaba por toda la cara mofletuda y reluciente-. Yo… yo… pensaba… Vamos, creía, creía que… no le era a usted muy simpático -continuó el imbécil-. ¿Verdad que tiene gracia que haya vivido equivocado, eh?

Y reía, reía hasta desternillarse. ¡Canalla!

-¿Cómo se llama? -me preguntó.

-Belona.

-¿Belona? ¡Ja, ja! ¡Qué nombre más raro!

Rechinando los dientes, que su estúpida alegría me ponía de punta, le contesté:

-Belona era la esposa de Marte.

-¡Ah, ya comprendo, comprendo! Sí, claro, Marte se llamaba mi perro. Bueno, pues… ¡se ha quedado viuda esta Belona!

Ya estaba bien lejos de la cuesta, y todavía llegaban a mí sus carcajadas.

Pasó la semana, y el sábado le dije:

-Se marcha usted el lunes, ¿no?

-Sí -respondió, sin dejar de sonreír.

-Entonces, no podrá meter mano a las truchas antes de irse…

-No sé… no sé -me replicó, sin reparar en el tono agrio de mi pregunta-. De todas maneras, mañana pienso probar… ¡Ja, ja!…

Su respuesta me tranquilizó, y me marché a casa satisfecho.

Al día siguiente, muy temprano, lo vi salir con saco y red, acompañado de Belona, y como tenía la certeza del sitio adonde se dirigían, tomé un atajo y pronto llegué a la cima de la montaña, que bordeé ocultándome, hasta avistar el valle en el cual el riachuelo formaba una pequeña cascada y más allá una laguna límpida y tranquila que reposaba entre las breñas.

Era el sitio, y sentándome en el suelo entre la maleza, desde donde dominaría el espectáculo, encendí mi pipa y esperé tranquilo el desenlace.

Bien pronto, Claverhouse apareció vadeando la corriente del riachuelo, seguido de Belona, que correteaba a su alrededor. Ambos, hombre y animal, llegaban contentos, y los ladridos cortos y vibrantes del uno se confundían con los gritos guturales del otro. Ya junto al remanso, vi que Claverhouse arrojaba la red y el morral al suelo y sacaba del bolsillo algo parecido a una vela gorda y grande. Yo sabía lo que era: un cartucho de los gigantes, pues en eso consistía su sistema para pescar truchas: atontarlas o matarlas con dinamita. Le puso la mecha, envolvió el cartucho en un pedazo de tela, le prendió fuego y lo tiró con fuerza al charco.

Como un relámpago, Belona se precipitó tras él, mientras yo hubiera gritado, de puro gozo, al verlo. En vano Claverhouse llamaba a la perra a gritos; en vano la tiroteaba con piedras y ramas: el animal nadaba rápidamente, y al poco tuvo el cartucho en la boca se dirigió con él hacia la orilla. Entonces, por primera vez, pareció darse cuenta del peligro a que estaba expuesto, y echó a correr por entre la maleza. Mis planes se realizaban a la perfección; la perra, al llegar a la orilla, emprendió sin vacilar su persecución, tal y como yo le había enseñado a hacer conmigo.

¡Oh! El espectáculo era grandioso, y bien merecía el trabajo que me costó prepararlo.

Como ya he dicho, el pequeño remanso formaba el fondo de una especie de anfiteatro natural, y el arroyo tenía pasaderas de piedra a la entrada y a la salida. Claverhouse, seguido de Belona, corría dando vueltas y más vueltas de un lado a otro; ambos, pasando y repasando la corriente, como dos bolas dentro de un plato, persiguiéndose, en un divertido e interesante juego. Nunca hubiera creído que un hombre de su aspecto poseyese tal ligereza, pues Claverhouse corría con una velocidad asombrosa, mientras la perra lo seguía de cerca, ganando terreno a cada paso, a punto de alcanzarlo… Y en el momento en que se tocaban, él a toda carrera, ella con el hocico casi junto a su rodilla, se produjo la explosión: un relámpago, una nube de humo blanquecino y una detonación formidable que retumbó en la montaña… Donde habían estado el hombre y el perro no quedaba sino una hondonada en el suelo de la planicie…

*

El juez calificó el suceso de “muerte accidental en la circunstancia de hallarse pescando por medios prohibidos”.

He aquí por qué me precio de la forma delicada y artística que empleé para acabar con Juan Claverhouse. No hubo brutalidad, no hubo torpeza; nada de qué tener que avergonzarme, convendrán ustedes conmigo.

Y ya su risa infernal no repercute sus ecos entre mis queridas montañas ni me irrita la aparición de su estúpida cara de luna.

Mis días transcurren plácidos y por las noches duermo tranquilamente como un niño…

FIN

Aurore y Aimée

September 15th, 2010

[Cuento. Texto completo]

Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont

Había una vez una dama que tenía dos hijas. La mayor, que se llamaba Aurore, era bella como el día, y tenía un carácter bastante bueno. La segunda, que se llamaba Aimée, era tan bella como su hermana, pero era maligna, y sólo tenía talento para hacer el mal. La madre había sido también muy bella, pero empezaba a dejar de ser joven y eso le causaba bastante pesar. Aurore tenía dieciséis años y Aimée doce; por lo que la madre, que temía parecer vieja, abandonó la región donde todo el mundo la conocía, y envió a su hija Aurore al campo, porque no quería que se supiera que tenía una hija tan mayor. Conservó con ella a la más joven; se fue a otra ciudad, y le decía a todo el mundo que Aimée sólo tenía diez años y que la había tenido antes de los quince. No obstante, como temía que su engaño fuera descubierto, envió a Aurore a una región lejana, y el que la conducía la abandonó en un gran bosque en el que se había quedado dormida mientras descansaba. Cuando Aurore despertó, y se vio sola en el bosque, se puso a llorar. Era casi de noche, se levantó e intentó salir del bosque; pero en lugar de encontrar su camino, se extravió aún más. Por fin, vio a lo lejos una luz y tras dirigirse hacia ella, encontró una casita. Aurore llamó a la puerta; una pastora le abrió y le preguntó qué quería.

-Mi buena señora, -le dijo Aurore- le ruego por caridad que me permita dormir en su casa, pues si permanezco en el bosque, seré devorada por los lobos.

-Con mucho gusto, hermosa joven, -le respondió la pastora-pero dígame, ¿cómo es que se encuentra en el bosque tan tarde?

Entonces Aurore le contó su historia y le dijo:

-¡Qué desgraciada soy por tener una madre tan cruel! ¡Más me habría valido morir al venir al mundo, en lugar de vivir para ser maltratada de esta forma! ¿Qué le he hecho al buen Dios para ser tan desgraciada?

-Mi querida niña, -replicó la pastora-; no hay que murmurar nunca contra Dios. Él es todopoderoso, sabio, la ama y debe estar convencida de que sólo ha permitido su desgracia para su bien. Confíe en Él, y métase bien en la cabeza que Dios protege a los buenos, y que las cosas desagradables que les suceden no son desgracias: permanezca aquí conmigo, yo le serviré de madre y la amaré como a una hija.

Aurore aceptó la propuesta. Al día siguiente, la pastora le dijo:

-Voy a darle un pequeño rebaño para que lo cuide; pero temo que se aburra, mi querida hija, así que coja una rueca y póngase a hilar, eso la entretendrá.

-Madre, -respondió Aurore- yo soy una chica de buena familia, por lo tanto no sé trabajar.

-Entonces coja un libro, -le dijo la pastora.

-No me gusta la lectura, -le contestó Aurore ruborizándose.

Y es que se sentía avergonzada de confesarle al hada que no sabía leer como es debido. Pero no tuvo más remedio que confesar la verdad; le dijo a la pastora que cuando era pequeña no había querido aprender a leer y que cuando se hizo mayor no había tenido tiempo.

-Entonces tenía muchas cosas que hacer -dijo la pastora.

-Sí, madre, -contestó Aurore-. Todas las mañanas iba a pasear con mis amigas; después del almuerzo me peinaba; por la tarde asistía a reuniones, iba a la ópera, al teatro, y por la noche al baile.

-Sí, realmente tenía muchas ocupaciones, -dijo la pastora- y sin duda no se aburría.

-Le pido perdón, madre, -contestó Aurore-. Cuando estaba un cuarto de hora sola, lo que me ocurría a veces, me aburría soberanamente; pero cuando íbamos al campo era aún peor y pasaba el día peinándome y despeinándome para distraerme.

-Entonces, ¿no se sentía feliz en el campo? -dijo la pastora.

-Tampoco lo era en la ciudad, -contestó Aurore-. Si jugaba, perdía mi dinero; si estaba en una reunión, veía a mis compañeras mejor vestidas que yo y eso me disgustaba mucho; si iba al baile, sólo me preocupaba de buscarle defectos a las que bailaban mejor que yo; en fin, que no he pasado ni un solo día sin tener disgustos.

-No se queje, pues, a la Providencia -le dijo la pastora-; al traerla a esta soledad, le ha quitado más disgustos que placeres; pero eso no es todo. En el futuro habría sido más desgraciada aún, pues no se es siempre joven: el tiempo del baile y del teatro pasa; cuando una envejece y quiere seguir asistiendo a las reuniones, los más jóvenes se burlan; además ya no puede bailar, ya no se atreve a peinarse, por lo tanto se aburre absolutamente y es muy desgraciada.

-Pero, mi buena madre, -dijo Aurore- una no puede estar sola, el día se hace largo como un año cuando no se tiene compañía.

-Perdón, mi querida hija -contestó la pastora-; yo estoy sola aquí pero los años me parecen cortos como días; si quiere, yo le enseñaré el secreto para no aburrirse jamás.

-Me parece muy bien -dijo Aurore; -ordéneme cuanto considere oportuno, yo estoy dispuesta a obedecer.

La pastora, aprovechando la buena disposición de Aurore, le escribió en un papel todo lo que debía hacer. La jornada estaba dividida entre la oración, la lectura, el trabajo y el paseo. En aquel bosque no había reloj, y Aurore no sabía qué hora era, pero la pastora conocía la hora por la posición del sol; ésta le dijo a Aurore que fuera a almorzar.

-Madre, -le dijo la bella joven a la pastora- almuerza usted muy temprano, hace poco que nos levantamos.

-Son las dos -contestó la pastora sonriendo-, y estamos levantadas desde las cinco; pero, hija, cuando una lo ocupa provechosamente, el tiempo pasa rápido; y no se aburre jamás.

Encantada de no sentir ya aburrimiento, Aurore se aplicó de todo corazón a la lectura y al trabajo; y se encontraba mil veces más feliz en medio de sus ocupaciones campesinas que en la ciudad.

-Veo bien -le decía a la pastora- que Dios lo hace todo por nuestro bien. Si mi madre no hubiera sido injusta y cruel conmigo, yo habría permanecido en la ignorancia, y la vanidad, la ociosidad, el deseo de agradar me habrían hecho malvada y desgraciada.

Hacía un año que Aurore estaba en casa de la pastora, cuando el hermano del rey fue a cazar al bosque en el que ella guardaba sus ovejas. Se llamaba Ingénu, y era el mejor príncipe del mundo; pero el rey, su hermano, que se llamaba Fourbin, no se le parecía pues sólo encontraba placer en engañar a sus vecinos y maltratar a sus súbditos. Ingénu quedó hechizado por la belleza de Aurore, y le dijo que se consideraría muy dichoso si aceptaba casarse con él. Aurore lo encontraba muy amable; pero sabía que una chica juiciosa no escucha a los hombres que le hacen semejantes ofertas.

-Señor, -le dijo a Ingénu- si lo que me dice es cierto, vaya a ver a mi madre, que es una pastora; vive en aquella casita que se ve allá a lo lejos; si ella acepta que sea mi esposo, yo lo aceptaré también, pues es tan prudente y razonable que no la desobedezco jamás.

-Hermosa mía -contestó Ingénu -iré con mucho gusto a solicitarla a su madre; pero yo no quisiera que se casara conmigo en contra de su voluntad; es posible que si ella acepta que sea mi esposa, eso le cause pesar, y yo preferiría morirme antes que causarle alguna pena.

-Un hombre que piensa así tiene virtudes, -dijo Aurore-, y una joven no puede ser desgraciada con un hombre virtuoso.

Ingénu dejó a Aurore y fue a buscar a la pastora, que conocía sus virtudes y aceptó de buen grado aquel matrimonio. Él prometió regresar al cabo de tres días para ver a Aurore con ella, y se marchó como el hombre más feliz del mundo, después de haberle dado su anillo como señal de compromiso. Mientras tanto, Aurore tenía gran impaciencia por volver a la casita; Ingénu le había parecido tan amable que temía que aquella a quien llamaba madre lo hubiera rechazado, pero la pastora le dijo:

-No he aceptado su boda con él porque Ingénu sea príncipe, sino porque es el hombre más honesto del mundo.

Aurore esperaba con algo de inquietud el regreso del príncipe; pero el segundo día después de su marcha, cuando conducía su rebaño, se cayó con tan mala fortuna sobre un espino que se arañó toda la cara. Rápidamente se miró en el arroyo y se asustó, pues la sangre le corría por todas partes.

-¡Qué desgraciada soy! -le dijo a la pastora cuando regresó a la casa-; Ingénu vendrá mañana por la mañana y me encontrará tan horrible que ya no me querrá.

La pastora le dijo sonriendo:

-Si el buen Dios ha permitido que se cayera, es sin duda por su bien; pues usted sabe que Él la ama y sabe mejor que usted lo que es bueno.

Aurore reconoció su falta, pues es falta murmurar contra la Providencia, y se dijo a sí misma: «Si el príncipe Ingénu no quiere casarse conmigo porque ya no soy bella, es sin duda porque no habría sido feliz con él.» Mientras tanto, la pastora le lavó la cara y le retiró numerosas espinas que se le habían quedado clavadas. A la mañana siguiente, Aurore estaba horrible pues su rostro estaba tremendamente hinchado y no se le veían los ojos. Hacia las diez de la mañana, se oyó una carroza detenerse ante la puerta; pero en lugar de Ingénu, vieron descender de ella al rey Fourbin: uno de los cortesanos que había estado de caza con el príncipe, le había dicho al rey que su hermano había encontrado la joven más bella del mundo y quería casarse con ella.

-Eres muy atrevido al querer casarte sin mi permiso -le dijo Fourbin a su hermano- y para castigarte, quiero casarme con esa joven si es tan bella como dicen.

Entrando en casa de la pastora, Fourbin preguntó dónde estaba la joven.

-Aquí está -contestó la pastora mostrándole a Aurore.

-¡Cómo! ¡Este monstruo! -dijo el rey-. ¿No tiene otra hija a la que mi hermano le ha dado su anillo?

-Aquí está el anillo, en mi dedo -contestó Aurore.

Al oír esas palabras, el rey lanzó una gran carcajada y dijo:

-No creía que mi hermano tuviera tan mal gusto; pero estoy encantado de poder castigarlo.

Al mismo tiempo, ordenó a a la pastora que le pusiera un velo a Aurore sobre la cara; y tras haber enviado a buscar al príncipe Ingénu, le dijo:

-Hermano, puesto que amas a la bella Aurore, deseo que te cases con ella en este instante.

-Pero yo no deseo engañar a nadie -dijo Aurore, quitándose el velo-; mire mi rostro, Ingénu; desde hace tres días estoy horrible ¿quiere casarse conmigo aún?

-Parece a mis ojos más amable que nunca, -dijo el príncipe-; pues comprendo que es más virtuosa aún de lo que yo creía.

Y mientras hablaba la tomaba de la mano. Fourbin se reía a carcajadas. Ordenó que se casaran allí mismo. Y luego le dijo a Ingénu:

-Como a mí no me gustan los monstruos, puedes vivir con tu esposa en esta cabaña; y te prohíbo que la lleves a la corte.

Luego subió de nuevo a la carroza, y dejó a Ingénu radiante de felicidad.

-¿Y bien? -le preguntó la pastora a Aurore- ¿se siente aún desgraciada por haberse caído? Si ese accidente no hubiera sucedido, el rey se habría enamorado de usted, y si se hubiera negado a casarse con él, habría ordenado matar a Ingénu.

-Tiene razón, madre -contestó Aurore–, sin embargo me he puesto tan fea que doy miedo, y temo que el príncipe lamente haberse casado conmigo.

-No, se lo aseguro -dijo Ingénu- uno puede acostumbrase a un rostro feo, pero jamás a un mal carácter.

-Estoy encantada de sus sentimientos, -dijo la pastora-; pero Aurore volverá a ser bella de nuevo, pues tengo un agua que sanará su rostro.

Efectivamente, al cabo de tres días, el rostro de Aurore se le puso como antes; pero el príncipe le rogó que siguiera conservando el velo pues temía que su malvado hermano se la quitara si la deseaba.

Mientras tanto, Fourbin, que quería casarse, envió a numerosos pintores para que le trajeran los retratos de las jóvenes más bellas. Se quedó encantado con el de Aimée, la hermana de Aurore, y tras hacerla venir a la corte, se casó con ella. Aurore sintió gran inquietud cuando supo que su hermana era reina; ya no se atrevía a salir, pues sabía hasta qué punto era malvada su hermana y cuánto la odiaba.

Al cabo de un año, Aurore tuvo un hijo al que llamaron Beaujour, y al que amaba apasionadamente. Aquel pequeño príncipe, cuando empezó a hablar, mostró tanta inteligencia que hizo felices a sus padres. Un día que se encontraba ante la puerta con su madre, ésta se quedó dormida, y cuando se despertó, ya no encontró a su hijo. Lanzó grandes gritos y recorrió todo el bosque en su busca. De nada le servía a la pastora recordarle que no sucede nada que no sea para nuestro bien, y tuvo todas las penas del mundo para consolarla; pero al día siguiente, tuvo que reconocer que la pastora tenía razón. Fourbin y su esposa, furiosos porque no tenían hijos, habían envidado a los soldados para matar a su sobrino; y al ver que no podían encontrarlo, pusieron a Ingénu, a su esposa y a la pastora en una barca y los lanzaron al mar, para que nadie pudiera oír hablar de ellos jamás. Esta vez, Aurore creyó que debía considerarse realmente muy desgraciada, pero la pastora le seguía repitiendo que Dios lo hace todo por nuestro bien. Como hacía muy buen tiempo, la barca navegó tranquilamente durante tres días y atracó en una ciudad de la costa. El rey de esta ciudad estaba inmerso en una guerra y los enemigos lo asediaron al día siguiente. Ingénu, que era muy valeroso, solicitó algunas tropas al rey; realizó numerosas expediciones y logró matar al enemigo que sitiaba la ciudad. Los soldados de éste, al perder a su jefe, huyeron y el rey asediado, que no tenía hijos, para mostrar su gratitud a Ingénu lo adoptó como hijo.

Cuatro años después supieron que Fourbin había muerto de pena por haberse casado con una mujer tan perversa y el pueblo, que la odiaba, la expulsó y envió embajadores a Ingénu ofreciéndole el trono. Éste se embarcó con su esposa y la pastora, pero se produjo una gran tempestad que les hizo naufragar y se encontraron en una isla desierta. Aurora, que ya era mucho más sensata por todo lo que había vivido, no se afligió y pensó que Dios había permitido aquel naufragio por su bien: colocaron un gran palo en la orilla y en lo alto de aquél el mandil blanco de la pastora, con el fin de advertir a los barcos que pasaran por allí y vinieran en su ayuda.

Por la tarde, vieron llegar a una mujer que traía a un niño; tan pronto como lo miró Aurore reconoció a su hijo Beaujour. Le preguntó a la mujer dónde había encontrado a aquel niño y ella le respondió que su marido, que era corsario, lo había raptado; pero que habían naufragado cerca de aquella isla y que ella se había salvado junto al niño que llevaba en brazos.

Dos días después, los barcos que buscaban los cuerpos de Ingénu y de Aurore, pues creían que habían perecido, vieron aquella tela blanca, llegaron a la isla y condujeron al nuevo rey y a su familia a su reino.

Y, pasara lo que pasase, Aurore no se quejó nunca más pues sabía por experiencia que las cosas que nos parecen desgracias son con frecuencia el origen de nuestra felicidad.

FIN

ANASTASIO

September 15th, 2010

 

Cuento completo

Giovanni Boccaccio

Había en Rávena, antigua ciudad de la Romaña, muchos gentiles hombres, entre los que se hallaba un mozo de nombre Anastasio degli Onesti, muy rico por herencia de su padre y de su tío. Y estando sin mujer, se enamoró de una hija de micer Pablo Traversari. Era la joven más noble que él, mas él esperaba con su conducta atraerla para que lo amase. Pero esas obras, por hermosas que eran, sólo lograban enojar a la joven, porque ella solía manifestarse tosca, huraña y dura, aunque tal vez esto se debía a que ella poseía una belleza singular o a su altiva nobleza. En resumen, a ella nada de él la complacía, lo que para Anastasio resultaba doloroso de soportar, y cuando le dolía demasiado pensaba en matarse.

Otras veces, cuando reflexionaba, se hacía a la idea de dejarla tranquila y aun de odiarla tanto como ella a él. Pero todo resultaba en vano: cuanto más se lo proponía más se multiplicaba su amor. Y, perseverando el joven en amarla sin medida, a sus familiares y amigos les pareció que él y su hacienda iban a agotarse de consumo.

Por lo cual, muchas veces le rogaron que se fuese de Rávena a morar en otro lugar por algún tiempo, para ver si lograba disminuir su amor y sus impulsos. Anastasio se burló de aquel consejo, pero ellos insistían en su solicitud y al fin decidió complacerles, y mandó organizar tantas maletas como si se fuese a España o a Francia o a cualquier otro lugar remoto; montó en su caballo y, en compañía de sus amigos, partió de Rávena y se fue a un sitio que dista de Rávena tres millas y se llama Chiassi. Una vez hubo llegado, mandó armar las tiendas y dijo a quienes le acompañaban que se devolviesen, pues pensaba quedarse donde estaba. Y ellos regresaron a Rávena. Se quedó Anastasio y empezó a hacer la más magnífica vida que jamás se conociera, invitando a tales o cuales a comer o cenar como era su costumbre. 

Y sucedió que, llegando primeros de mayo, y haciendo buenísimo tiempo y él siempre pensando en su cruel amada, mandó a todos lo suyos que le dejasen solo para poder meditar más a sus anchas, y a pie se trasladó, reflexionando, hasta el pinar. Pasaba la quinta hora del día, y habiéndose él adentrado en el pinar como una media milla, sin acordarse de comer ni de nada, súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y quejas de una mujer. Interrumpido así en sus dulces pensamientos, alzó la cabeza para ver lo que fuese, y se extrañó de hallarse en pleno pinar. Y, además, mirando ante sí, vio venir, saliendo de un bosquecillo muy denso de zarzas y realezas, y corriendo hacia donde él se hallaba, una bellísima mujer desnuda, toda arañada de las zarzas y matorrales, que lloraba y pedía piedad a gritos.

Dos grandes y fieros mastines corrían tras ella, y cuando la alcanzaban la mordían. Venía detrás. sobre un negro corcel, un caballero moreno de muy airado rostro y con un estoque en la mano, amenazando de muerte a la joven con terribles y ofensivas palabras. Aquella puso a la vez maravilla y espanto en el ánimo del joven, y sintió compasión de la desventurada, por lo que se resolvió, si podía, librarla de la muerte y de tal angustia. Pero, hallándose sin armas, recurrió a coger una rama de árbol a guisa de garrote, y fue a hacer frente a los canes y al caballero. El cual, reparando en ello, le gritó de lejos:

-No intervengas, Anastasio, y déjanos a los perros y a mí hacer lo que esa mala hembra ha merecido. 

En esto, los perros, aferrando con fuerza por las caderas a la mujer, la detuvieron y el caballero se apeó del corcel. Y Anastasio, acercándosele, le dijo:

-No sé quién eres que así me conoces, pero te digo que es gran vileza que un caballero armado quiera matar a una mujer desnuda y echarle los perros detrás como a una bestia del bosque. Por cierto ten que la defenderé. 

El caballero respondió entonces:

-Anastasio, de tu misma tierra fui, y aún eras rapaz pequeño cuando yo, a quien llamaban micer Guido degli Anastagi, me enamoré tanto de esa mujer como tú ahora de la Traversari. Y su fiereza y crueldad de tal modo causaron mi desgracia, que un día, con el estoque que ves en mi mano, desesperado me maté y fui condenado a penas infernales No pasó mucho tiempo sin que ésta. que de mi muerte se sintió desmedidamente contenta, muriese, y por el pecado de su crueldad y de la alegría que le causó mi muerte, no habiéndose arrepentido, fue también condenada a las penas del infierno. Mas cuando a él bajó por castigo, a los dos nos fue dado el huir siempre ella ante mí, mientras yo, que tanto la amé, habría de perseguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada. Y siempre que la alcanzo, con este estoque con que me maté, la mato, y la abro en canal, y ese corazón duro y frío en el que nunca amor ni piedad pudieron entrar, le arranco con las demás vísceras, como verás pronto, y lo doy a comer a estos perros. Y, según voluntad de la justicia y potencia de Dios, no pasa mucho tiempo sin que, como si muerta no estuviera, resucite, y otra vez comience su dolorosa fuga de los perros y de mí. Y cada viernes, sobre esta hora, aquí la alcanzo y hago en ella el estrago que verás. Mas no creas que descansamos los demás días, pues entonces también la sigo y la alcanzó en otros parajes donde cruelmente pensó y obró contra mí. Y, convertido de amante en enemigo, como ves, he de seguirla así durante tantos años como ella se portó rigurosamente conmigo. Dejemos, pues, ejecutar a la divina justicia, y no te opongas a lo que no puedes evitar. 

Anastasio, al oír tales palabras, quedó tímido y suspenso, con todos los cabellos erizados, y retrocediendo y mirando a la mísera joven, comenzó temeroso a esperar lo que hiciere el caballero, el cual. acabando su razonamiento, como un can rabioso corrió estoque en mano hacia la mujer (que, arrodillada y sostenida con fuerza por los dos mastines, le pedía perdón) y con todas sus fuerzas le atravesó el pecho de parte a parte. Y cuando la mujer recibió el golpe, cayó de bruces, siempre llorando y gritando, y el caballero, poniendo mano a un cuchillo, le abrió los riñones y le sacó el corazón con cuanto lo circuía, y echólo a los dos mastines, que lo devoraron afanosamente. Casi en el acto, la joven, como si ninguna de aquellas cosas hubiere sucedido, se levantó y huyó hacia el mar, perseguida y desgarrada por los perros. Y el caballero, volviendo a montar a caballo y a requerir su estoque, la comenzó a seguir y en poco rato tanto se distanciaron, que ya Anastasio no les pudo ver.

Habiendo contemplado tales cosas, gran rato estuvo entre complacido y temeroso, y después le vino a la memoria la idea de que el suceso podría valerle de mucho, ya que acontecía todos los viernes. Y, así, habiéndose fijado bien en el paraje, se volvió con su gente y cuando le pareció hizo llamar a los más de sus parientes y amigos y les dijo:

-Durante largo tiempo me habéis incitado a que deje de amar a mi enemiga y ceje en mis gastos. Estoy dispuesto a hacerlo, siempre que una gracia me concedáis. Y es que hagáis que el viernes venidero micer Pablo Traversari, con su mujer e hija y todas las mujeres de su parentela, y las demás que os plazcan, vengan a almorzar conmigo. Entonces veréis por qué quiero eso. Parecióles a sus amigos que no era cosa difícil de hacer y, al regresar a Rávena, cuando llegó el momento, invitaron a los que Anastasio deseaba. Y, aunque mucho costó convencer a la mujer a quien amaba Anastasio, al fin ella fue con las otras.

Hizo Anastasio que se aderezase un magnífico yantar y dispuso que se colocasen las mesas bajo los pinos, junto al lugar donde presenció la agonía de la cruel mujer. Y una vez que hizo sentarse a todas las mesas hombres y mujeres, mandó que su amada fuese puesta frente al sitio donde debía acontecer el hecho.

Y habiendo llegado el último manjar, el desesperado clamor de la joven perseguida empezóse a oír. Mucho se maravillaron todos, y preguntaron qué era, y no lo supo decir nadie. Levantándose, pues, para averiguar qué sería, vieron a la doliente mujer, y al caballero y los canes, y en un momento todos estuvieron a su lado. Alzóse gran vocerío contra los perros y el caballero y muchos se adelantaron para ayudar a la joven. Pero el caballero, hablándoles como habló a Anastasio, no sólo les forzó a retroceder, sino que les espantó y les llenó de pasmo. E hizo lo que la otra vez hiciera, y las mujeres presentes allí (muchas de las cuales, parientes de la joven o del caballero, no habían olvidado su amor y la muerte de él) míseramente lloraron, como si ellas mismas hubieran sufrido lo mismo. Acabó, en fin, el lance, y desaparecieron mujer y caballero, y los que aquello habían visto entregáronse a muchos y variados razonamientos. 

Pero entre los que más espanto tuvieron figuró la cruel joven amada por Anastasio. Porque habiéndolo visto y oído todo muy claramente, y conociendo que a ella más que a nadie tales cosas atañían, ya le parecía estar huyendo de la ira de él y tener los perros a los talones. Y tanto miedo de esto le sobrevino que, para no incurrir en lo mismo, en breve ocurrió (tan en breve que aquella misma tarde fue) que, mudado su odio en amor, secretamente mandó a la estancia de Anastasio una camarera de su confianza, rogándole que fuese a verla, porque estaba dispuesta a complacerle en todo. Resolvió Anastasio que ello le satisfacía mucho, y que si a ella le placía, haría con ella lo que le pluguiese, pero, para honor de la dama, tomándola por mujer. La joven, sabedora que sólo por su culpa no era ya esposa de Anastasio, mandó contestar que estaba acorde. Y luego, sirviéndose de mensajera a sí misma, dijo a sus padres que quería ser mujer de Anastasio, lo que mucho les contentó. Y al domingo siguiente casó Anastasio con ella, e hiciéronse bodas, y mucho tiempo jubilosamente convivió con ella. Y no sólo el temor de la dama fue factor de aquel bien, sino que todas las mujeres altivas se tornaron medrosas, y en lo sucesivo mucho más que antes se plegaron al placer de los hombres.

Al buen callar…

September 15th, 2010

 

[Cuento. Texto completo]

Emilia Pardo Bazán

No tenían más hijo que aquel los duques de Toledo, pero era un niño como unas flores; sano, apuesto, intrépido, y, en la edad tierna, de condición tan angelical y noble, que le amaban sus servidores punto menos que sus padres. Traíale su madre vestido de terciopelo que guarnecían encajes de Holanda, luciendo guantes de olorosa gamuza y brincos y joyeles de pedrería en el cintillo del birrete; y al mirarle pasar por la calle, bizarro y galán cual un caballero en miniatura, las mujeres le echaban besos con la punta de los dedos, las vejezuelas reían guiñando el ojo para significar «¡Quién te verá a los veinte!», y los graves beneficiados y los frailes austeros, sacando la cabeza de la capucha y las manos de las mangas, le enviaban al paso una bendición.

Sin embargo, el duque de Toledo, aunque muy orgulloso de su vástago, observaba con inquietud creciente una mala cualidad que tenía, y que según avanzaba en edad el niño don Sancho iba en aumento. Consistía el defecto en una especie de manía tenacísima de cantar la verdad a troche y moche, viniese a cuento o no viniese, en cualquier asunto y delante de cualquier persona. Cortesano viejo ya el duque de Toledo, ducho en saber que en la corte todo es disfraz, adivinaba con terror que su hijo, por más alentado, generoso, listo y agudo que se mostrase, jamás obtendría el alto puesto que le era debido en el mundo, si no corregía tan funesta propensión.

-Reñida está la discreción con la verdad: como que la verdad es a menudo la indiscreción misma -advertía a su hijo el duque-. Por la boca solemos morir como los simples peces, y no es muerte propia de hombre avisado, sino de animal bruto, frío y torpe -solía añadir.

Corríase y afligíase el rapaz de tales reprensiones y advertencias, y persuadido de que erraba al ser tan sincero, proponía en su corazón enmendarse; pero su natural no lo consentía: una fuerza extraña le traía la verdad a los labios, no dándole punto de reposo hasta que la soltaba por fin, con gran aflicción del duque, que se mataba en repetir:

-Hijo Sancho, mira que lo que haces… La verdad es un veneno de los más activos; pero en vez de tomarse por la boca, sale de ella. Esparcida en el aire, es cuando mata. Si tan atractiva te parece la fatal verdad, guárdala en ti y para ti; no la repartas con nadie, y a nadie envenenarás.

Acaeció, pues, que frisando en los trece años y siendo cada vez más lindo, dispuesto y gentil el hijo de los duques de Toledo, un día que la reina salió a oír misa de parida a la catedral, hubo de verle al paso, y prendada de su apostura y de la buena gracia con que le hizo una reverencia profundísima, quiso informarse de quién era, y apenas lo supo, llamó al duque y con grandes instancias le pidió a don Sancho para paje de su real persona. Más aterrado que lisonjeado, participó el duque a su hijo el honor que les dispensaba la reina.

-Aquí de mis recelos, aquí del peligro, Sancho… Tu funesto achaque de veracidad ahora es cuando va a perderte y perdernos. Si la reserva y el arte de bien callar son siempre provechosas, en la cámara de los reyes son indispensables, te lo juro.

-Antes pienso, padre -replicó el precoz don Sancho-, que al lado de los reyes, por ser ellos figura e imagen de Dios, alentará la verdad misma. No cabrá en ellos mentira ni acción que deba ser oculta o reservada.

Confuso y perplejo dejó la respuesta al duque, pues le escarabajeaban en la memoria ciertas murmuraciones cortesanas referentes a liviandades y amoríos regios; pero tomando aliento:

-No, hijo -exclamó por fin-, no es así como tú supones… Cuando seas mayor y tu razón madure, entenderás estos enigmas. Por ahora solo te diré que si vas a la corte resuelto a decir verdades, mejor será que tomes ya mi cabeza y se la entregues al verdugo.

Cabizbajo y melancólico se quedó algún tiempo don Sancho, hasta que, como el que promete, extendió la mano con extraña gravedad, impropia de su juventud.

-Yo sé el remedio -afirmó. Mentir me es imposible, pero no así guardar silencio. Haced vos, padre, correr la voz de que un accidente me ha privado del habla, y yo os prometo, por dispensaros favor, ser mudo hasta el último día de mi vida si es preciso.

Pareció bien el arbitrio al duque y divulgó lo de la mudez; siendo lo notable del caso que la reina, sabedora de que el bello rapaz era mudo, mostró alegría suma y mayor empeño en tenerle a su servicio y órdenes. En efecto, desde aquel día asistió don Sancho como paje en la cámara de la reina, sellados los labios por el candado de la voluntad, viendo y oyendo todo cuanto ocurría, pero sin medios de propalarlo. Poco a poco la reina iba cobrándole extremado cariño. Sancho se pasaba las horas muertas echado en cojines de terciopelo al pie del sillón de su ama y recostando la cabeza en sus faldas, mientras ella con la fina mano cargada de sortijas le acariciaba maternalmente los oscuros y sedosos bucles. Las primeras veces que don Sancho fue encargado de abrir la puerta secreta a cierto magnate, y le vio penetrar furtivamente y a deshora en el camarín, y a la reina echarle al cuello los brazos, el pajecillo se dolió, se indignó, y, a poder soltar la lengua, Dios sabe la tragedia que en el palacio se arma. Por fortuna, Sancho era mudo; oía, eso sí, y las pláticas de los dos enamorados le pusieron al corriente de cosas harto graves, de secretos de Estado y familia; entre otros, de que el rey, a su vez, salía todas las noches con maravilloso recato a visitar a cierta judía muy hermosa, por quien olvidaba sus obligaciones de esposo y de monarca, y merced a cuyo influjo protegía desmedidamente a los hebreos, con perjuicio de sus reinos y mengua de sus tesoros. Envuelta en el misterio esta intriga, no la sabían más que el magnate y la reina; y don Sancho, trasladando su indignación del delito de la mujer al del marido, celebró nuevamente no haber tenido voz, porque así no se veía en riesgo de revelar verdad tan infame. Pasado algún tiempo, la confianza con que se hablaban delante del mudo pajecillo instruyó a éste de varias maldades gordas que se tramaban en la corte: supo cómo el privado, disimuladamente, hacía mangas y capirotes de la hacienda pública, y cómo el tío del rey conspiraba para destronarle, con otras infinitas tunantadas y bellaquerías que a cada momento soliviantaban y encrespaban la cólera y la virtuosa impaciencia de don Sancho, poniendo a prueba su constancia, en el mutismo absoluto a que se había comprometido.

Sucedía entretanto que le amaban todos mucho, porque aquel lindo paje silencioso, tan hidalgo y tan obediente, jamás había causado daño alguno a nadie. No hay para qué decir si le favorecían las damas, viéndole tan gentil y estando ciertas de su discreción; y desde el rey hasta el último criado, todos le deseaban bienes. Tanto aumentó su crédito y favor, que al cumplir los veinte años y tener que dejar su oficio de paje por el noble empleo de las armas, colmáronle de mercedes a porfía el rey, la reina, el privado y el infante, acrecentando los honores y preeminencias de su casa y haciéndole donación de alcaldías, fortalezas, villas y castillos. Y cuando, húmedas las mejillas de beso empapado de lágrimas con que le despidió la reina, que le quería como a otro hijo; oprimido el cuello con el peso de la cadena de oro que acababa de ceñirle el rey, salió don Sancho del alcázar y cabalgó en el fogoso andaluz de que el infante le había hecho presente; al ver cuántos males había evitado y cuántas prosperidades había traído su extraña determinación, tentóse la lengua con los dientes, y, meditabundo, dijo para sí (pues para los demás estaba bien determinado a no decir oxte ni moxte): «A la primera palabra que sueltes al aire, lengua mía, con estos dientes o con mi puñal te corto y te echo a los canes.»

Hay eruditos que sostienen la opinión de que de esta historia procede la frase vulgar, sin otra explicación plausible: «Al buen callar llaman Sancho.»

FIN

Gracias por tu ayudita, Fidel – Adolfo R. Taylhardat

September 14th, 2010

No pudiste ser más oportuno reconociendo que la revolución cubana no le sirve ni a Cuba. Ese reconocimiento nos viene “de perillas”, justo en el momento en que, desbocado en su campaña electoral, el mandón de Miraflores se empeña en apretar  el acelerador  para imponernos una copia carbón de tu modelo fallido.

Como dijo alguien, el modelo cubano sólo pudo sobrevivir durante estos 52 años, primero apoyado en la muleta de la entonces Unión Soviética, y luego recostado en el colchón de petrodólares que le ha tendido el tenientecoronelpresidente venezolano.

Tu declaración al periodista norteamericano cuyo apellido no podía ser más judío, Jeffrey Goldberg, quien estaba acompañado de la también judía periodista Julia Sweig, le ha quitado el piso al mandón en el momento más apropiado de la campaña  electoral que se desarrolla actualmente en nuestro país.

Que digas, aunque sea en el ocaso de tu vida, que tu modelo de revolución es un fracaso y que además no es exportable, es el golpe más  duro que se le  ha podido dar al proyecto del comunismo del siglo XXI que preconiza el inquilino de Miraflores y que pretende profundizar si logra –supuesto negado– seguir controlando la Asamblea Nacional.

De nada vale que ahora pretendas decir que no dijiste lo que dijiste e intentes escurrir el bulto alegando que has sido mal interpretado.  Lo cierto es que en tus explicaciones tu no niegas, sino que más bien confirmas,  que dijiste lo que dijiste como se aprecia en la siguiente cita  que aparece en El Universal del sábado 11, pág. 1-10:

“Es evidente que esa pregunta lleva implícita  la teoría de  que Cuba exportaba la revolución. Le respondo: el modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros. Se lo expresé sin amargura ni preocupación” y agrega: “Me divierto al ver cómo él (Jefrey Goldberg) lo interpretó al pié de la letra”.

¿Y de que otra manera habría que interpretarlo?

Con la siguiente frase Fidel enreda todavía más el papagayo: “Pero lo real es que mi respuesta significa exactamente lo contrario de lo que ambos periodistas norteamericano interpretaron sobre el modelo cubano. Mi idea, como todo el mundo conoce, es que el sistema capitalista ya no sirve  ni para  Estados Unidos ni para el mundo”

Esa frase  es el mejor ejemplo de aquello de “ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”.

Lo cierto es que Goldberg ha ratificado que Fidel si le dijo que el modelo cubano no funciona ni siquiera para la isla. “No estoy seguro cómo esa declaración (de Castro) reproducida fielmente según lo reconoció el propio Fidel, podría significar otra cosa que lo que significa”.  Por su parte Julia Sweig también asegura que le escucho al líder cubano pronunciar exactamente esas palabras.

Todo este enredo conduce a pensar que al octogenario líder de la revolución cubana le dieron un buen tirón de oreja y se ha visto obligado a tratar de remendar el capote alegando que fue mal interpretado sin negar, o más bien confirmando, que si dijo lo que reportan los periodistas Goldberg y Sweig.

Pero volviendo a lo que decía al comienzo de este artículo, gracias a Fidel el dictador venezolano ha quedado ahora desnudo, sin siquiera  una hoja de parra. Ya no tiene soporte moral, político, social, o de cualquier tipo en su empeño por importar e imponernos ese modelo fracasado que su propio creador reconoce que no es viable.

En ese espejo se deberían mirar quienes todavía siguen engatusados con el proyecto fidelo-chavo-cubano-comunista y todos los compinches que apoyan esa extravagancia. Tienen tiempo para rectificar. El 26 de septiembre es la oportunidad de hacerlo.

www.adolfotaylhardat.net/indexbis

El G400+ en la mira

September 14th, 2010

 

Pareciera que se está preparando un montaje contra el G400+ para atribuirle actividades subversivas y ulteriormente imputar judicialmente  a alguno de sus miembros.

El pasado mes de julio apareció en el blog “Vencedor en  Boyacá” el cual se auto-atribuye el rol de “apoyar la revolución bolivariana en Venezuela” lo siguiente: “Grupo G400+ ¡¡Cuidado…Conozca a los integrantes de esta organización subversiva, que pretende derrocar a Chávez!! Ojo… Lean sus postulados”. El 24 de agosto circuló por Internet  un escrito calumnioso en el cual, entre otras cosas, se afirma que el G400+ es una organización “extremadamente peligrosa” y que su “directiva judeo-sionista”, recibe dinero de Estados Unidos, está compuesta por ultraderechistas, hijos y nietos de extranjeros, ciudadanos con doble nacionalidad, venezolanos sin sentido de patria ni pertenencia, ricachos, adinerados, explotadores, etc.,.”

Este párrafo es fiel reflejo del odio, el resentimiento, el vilipendio, el encono que predomina en la “revolución” chavo-comunista. Pero también revela su antisemitismo y su xenofobia digna del más puro nazi-fascismo. ¿Es que en Venezuela, como en la Alemania nazi solo caben los venezolanos puros? Todos los demás, hijos, nietos y demás descendientes de extranjeros, según ese escrito, somos. ” vendepatrias, desarraigados, sin lugar de nacimiento y sin razón de  lugar y de ser”. En una palabra, somos apátridas. ¿Y Donde están esos venezolanos puros? Quien escribió esa porquería, porque no merece otro nombre, parece olvidar que en nuestro país quien no tenga entre sus ancestros un pariente que no haya llegado de otras tierras  o no haya atravesado el océano no es venezolano.

Retamos al autor de ese pérfido escrito o quien sea que piense igual, a que demuestre públicamente que el G400+ recibe dinero de los Estados Unidos o de cualquier otra proveniencia.

Según el panfleto de marras los integrantes del G400+ “harán todo lo que puedan por revertir los logros del proceso revolucionario”. Esta es quizás la única verdad que dice ese   panfleto. Quien no sepa qué es, como funciona y quienes integran el G00+ puede enterarse visitando su sitio web (http://g400mas.org) en el cual, con absoluta transparencia, se proporciona toda esa información. También podrá apreciar que, lejos de ser “enemigos de la patria”, “pitiyankis”,”pro-derechas”, “explotadores del pueblo” como dice esa basura de escrito obra de un cobarde que se esconde tras el anonimato, el G400+ es un grupo informal que aglutina a cerca de 900 ciudadanos comunes, en su mayoría profesionales de todas las disciplinas, que comparten la preocupación por lo que sucede en nuestro país y participan en la principal  tarea del G400+ que consiste en informar objetivamente a la comunidad internacional, a los gobiernos de  países amigos y las organizaciones internacionales, gubernamentales y no-gubernamentales, los abusos, los atropellos, las persecuciones y demás tropelías que comete el régimen del comunismo del siglo XXI.

El escrito calumnioso incluye la siguiente perlita: “El Grupo 400 es una avanzada pitiyanki en nuestra patria y hay que detenerla ya mismo”. Esta pareciera ser la orden destinada a cualquier diputaducho, o a  la defensora del gobierno, o a la fiscala generala, o a algún pseudo-juez para promuevan una causa contra el G400+.

Ya estamos familiarizados con la manera de proceder de los verdugos del régimen. Nuestra principal línea de defensa es el prestigio y el reconocimiento de que goza el G400+ nacional e internacionalmente. Como dice el refrán “guerra  avisada no mata soldado” y ya hemos advertido a nuestros interlocutores en el mundo de la conspiración que se prepara contra el G-400+

Acerca de mi

September 14th, 2010

ADOLFO R. TAYLHARDAT

Resumen curricular

Licenciado en Estudios Internacionales. Universidad Central de Venezuela, 1957.   Doctor en Estudios Internacionales. Universidad Central de Venezuela, 1960. Abogado. Universidad Central de Venezuela, 1965.

Ingresé en el Servicio Exterior venezolano en 1955. Como funcionario del Servicio Exterior desempeñé, entre otros cargos, los siguientes:

En la rama interna (Cancillería):

Jefe de la División de las Naciones Unidas;   Jefe del Departamento de Asuntos Multilaterales;  Director Adjunto en la Dirección de Política Internacional para Asuntos      Multilaterales; Director General (Vice-Ministro).

En la rama externa:  

Ministro Consejero en Ginebra; Ministro Consejero en Roma concurrentemente en Atenas; Ministro Consejero en Moscú; Embajador en Haití; Embajador-Representante Permanente Alterno ante las Naciones Unidas (Nueva York); Embajador en Cuba; Embajador-Representante Permanente ante las Comunidades Europeas (Bruselas);  Embajador en Austria, simultáneamente Representante ante el Organismo Internacional de Energía Atómica y ante las Naciones Unidas (Viena)Embajador – Representante Permanente ante las Naciones Unidas y los Organismos Especializados con sede en Ginebra. Simultáneamente Representante en la Conferencia de Desarme; Embajador en Francia; Embajador-Representante Permanente ante las Naciones Unidas, (Nueva York)

Siendo Embajador ante las Naciones Unidas, Nueva York representé a Venezuela en el Consejo de Seguridad y fui Presidente del Consejo de Seguridad durante el mes de septiembre de 1993.

Durante mi permanencia en el Servicio Exterior representé a Venezuela en numerosas conferencias y reuniones internacionales, entre otras:

 Asamblea General de las Naciones Unidas; Conferencia de Desarme;  Conferencias especializadas de las Naciones Unidas sobre diversos aspectos relacionados con el desarme; Conferencias especiales de codificación del Derecho Internacional convocadas por las Naciones Unidas; Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial;  Conferencia General del Organismo Internacional de Energía Atómica; Conferencia General de la Organización Internacional del Trabajo; Conferencia General de la Organización Mundial de la Salud; Conferencia General de la Unión Internacional de Telecomunicaciones; Conferencia General de la Organización Meteorológica Mundial; Asamblea General de la Organización de Estados Americanos; Conferencia General de la Cruz Roja Internacional; Junta de Desarrollo Industrial, Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica, Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo; Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT); Junta de Gobernadores  del Fondo Internacional de la OPEP para el Desarrollo; Conferencia Ministerial de la  OPEP.

De 1995 a 1998 fui Asesor de la Comisión Permanente de Política Exterior del Senado

En 1998 fui electo Diputado en el Parlamento Latinoamericano en la lista de PROYECTO VENEZUELA. En el Parlamento Latinoamericano fui miembro de las Comisiones de Derechos Humanos y del Medio Ambiente y Coordinador del Subcomité de Denuncias de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Latinoamericano.En el 2000 fui nevamente electo Diputado  en el Parlamento Latinoamericano en la lista de PROYECTO VENEZUELA. En el Parlamento Latinoamericano fuI miembro de las Comisiones de Derechos Humanos y del Medio Ambiente (Primer Vicepresidente de la Comisión de Medio Ambiente) y Coordinador de la Subcomisión  de Denuncias de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Latinoamericano. En el 2005 fui candidato a reelección como Diputado en el Parlamento Latinoamericano pero retiré mi candidatura junto con las de todos los demás candidatos de la oposición en protesta por el fraude electoral que preparaba el gobierno.

De 1984 hasta 1994 fui Presidente del Comité Preparatorio del Centro Internacional de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIIGB) cuyas sedes son Trieste (Italia) y Nueva Delhi (India) y Ciudad  del Cabo (Sudáfrica). Posteriormente, desde 1994 hasta el 2000 fui Presidente de la Junta de Gobernadores de dicho Centro.

Desde 2000 me desempeño como Asesor para asuntos internacionales del Director del CIIGB.

Soy miembro honorario (Asesor Internacional) del Bufete BENTATA ABOGADOS.

Soy colaborador permanente en la versión digital del diario El Universal de Caracas. Publico una columna semanal cada miércoles.

He recibido las siguientes condecoraciones:

Orden del Libertador,  Gran Cordón; Orden de Francisco de Miranda, Primera Clase; Orden al Mérito en el Trabajo, Primera Clase; Orden al Mérito de la República Italiana, Grado Gran Oficial; Orden Honor y Mérito de la República de Haití, Grado Gran Cruz; Gran Orden de Honor de Oro de la República de Austria,  Banda; Orden del Quetzal de Guatemala, Gran Cruz; Orden Bernardo O’Higgins de Chile. Gran Clase; Orden General San Martín de Argentina,  Grado Gran Cordón; Orden al Mérito de la República Francesa,  Gran Caballero;             Orden de la Ciudad de Maracay; Orden de la Ciudad de la Victoria;   Orden del Sol de Carabobo

Hablo Español, Inglés, Francés, Italiano. y tengo conocimientos básicos de Alemán, Ruso y Portugués.

Teléfonos: (58 2) 992 6173 – 991 2808;  Fax: (58 2) 991 7080; Cel: 014 301 2752. E-Mail:adolfotaylhardat@gmail.com; taylhardat@adolfotaylhardat.net. Página Web:www.adolfotaylhardat.net/indexbis

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